Cristo de la Luz

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viernes, 10 de octubre de 2014

Revolución y Contrarrevolución

Este artículo fue originalmente publicado en Tradición Digital el 18 de julio, 2012. Fue el primer artículo que me publicaron, por lo que le tengo un cariño especial. Por esta razón, he decidido que será lo primero que subo a mi nuevo blog, In Novissimis Diebus. Originalmente la intención fue publicar una segunda parte, pero ya han pasado más de dos años. Quizás pronto me animo, y escribo la segunda parte. Espero que les guste.




REVOLUCIÓN Y CONTRARREVOLUCIÓN






Así se titula un libro admirable publicado en 1959 por Plinio Corrêa de Oliveira, quizás el más distinguido intelectual católico brasileño del siglo veinte. [1] El principal mérito de este libro reside en plantear cosas evidentes que pocos han formulado de manera tan concisa y con una argumentación tan impecable. En este sentido me recuerda la frase de George Orwell: los mejores libros… son los que te cuentan lo que ya sabías. [2]

El libro nos proporciona una perspectiva a gran escala de la guerra que se libra entre los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas, sobre todo en lo que llamamos la época moderna. Diagnostica la enfermedad que padece el mundo actual e indica cómo reconquistar la sociedad para el bien. Demasiado a menudo, el Demonio logra victorias fáciles porque los católicos lo minusvaloramos y desconocemos sus armas (¡qué poco astutos son los hijos de la luz!). En este libro, que debería ser de lectura obligatoria para cualquier católico hoy en día, Corrêa de Oliveira se encarga de desvelarnos el arma con la que el Demonio ha conseguido sus mayores avances en los últimos siglos: su nombre es Revolución.

Monseñor Jean-Joseph Gaume (1802-1879), insigne autor anti-liberal del siglo XIX a cuya magna obra La Révolution. Recherches historiques sur l’origine et la propagation du mal en Europe depuis la Renaissance jusqu’à nos jours (1856) tanto debe Corrêa de Oliveira, lo expresó así:


Yo no soy lo que se cree. Muchos hablan de mí y muy pocos me conocen. No soy ni el carbonarismo, ni la rebelión, ni el cambio de la monarquía en república, ni la sustitución de una dinastía por otra, ni la perturbación momentánea del orden público. No soy ni los gritos de los jacobinos, ni los furores de la Montaña, ni el combate de las barricadas, ni el pillaje, ni el incendio, ni la ley agraria, ni la guillotina. No soy ni Marat, ni Robespierre, ni Babeuf, ni Mazzini, ni Kossuth. Esos hombres son mis hijos, pero no son yo. Lo que hicieron son mis obras, pero no yo. Esos hombres y esas cosas son hechos pasajeros en tanto que yo soy un estado permanente… Soy el odio a todo orden que no haya sido establecido por el hombre y donde el hombre no sea rey y dios a la vez. [4]


Una vez que el arma del Enemigo ha sido identificada, Corrêa de Oliveira procede a explicar cómo los revolucionarios han desmantelado paso a paso la Cristiandad, la mejor encarnación social del Evangelio que la Historia ha conocido, construida a lo largo de muchos siglos, y que alcanzó su cenit en la Europa del siglo XIII. La idea de la Cristiandad como sociedad cristiana por excelencia no es sólo una opinión del autor, sino que corresponde a la doctrina de la Iglesia. El Papa León XIII escribió en su encíclica Immortale Dei:


Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La religión fundada por Jesucristo se veia colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. El sacerdocio y el imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades. Organizado de este modo, el Estado produjo bienes superiores a toda esperanza. Todavía subsiste la memoria de estos beneficios y quedará vigente en innumerables monumentos históricos que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá desvirtuar u oscurecer.


Desde finales de la Edad Media, según el autor, hemos visto un retroceso paulatino del Reino de Cristo en este mundo y un aumento de la impiedad. Por supuesto, no ha sido un proceso homogéneo, y en los últimos 600 años ha habido muchas victorias cristianas. Pero en líneas generales, aunque hayamos ganado algunas batallas, la guerra se ha inclinado claramente a favor del Enemigo. Así se expresa G. K. Chesterton en su ensayo: El Humanismo, ¿es una Religión? [5]:


El mundo moderno, con sus movimientos modernos, está viviendo de su capital católico. Está utilizando y agotando las verdades que le quedan del antiguo tesoro de la cristiandad; incluidas, por supuesto, muchas verdades conocidas en la antigüedad pagana pero cristalizadas en la cristiandad. No está fundando nuevos entusiasmos propios. La novedad es cuestión de nombre y etiquetas, como la publicidad moderna; en casi todos los demás aspectos, la novedad es negativa. No está fundando cosas nuevas que puedan proyectarse realmente hacía el futuro lejano. Al contrario, está recogiendo cosas viejas que no pueden proyectarse de ninguna manera. Pues estas son las dos características de los ideales morales modernos. Primero, que se tomaron, o se arrebataron, de manos antiguas o medievales. Segundo, que se marchitan muy pronto en manos modernas.


¿Desde cuándo la Revolución lucha contra el Reino de Cristo en la Tierra? Atila Sinke Guimarães [6], eminente discípulo del autor en cuestión, señala un hecho histórico muy concreto como el instante de nacimiento de esta criatura diabólica: el secuestro del Papa Bonifacio VIII por el Rey de Francia, Felipe el Hermoso en 1303. Fue un acto auténticamente revolucionario, porque subvirtió la supremacía del orden espiritual sobre el orden temporal, una conquista fundamental para la Cristiandad. Desencadenó una gran crisis en la Iglesia; durante el Papado de Avignon, el Vicario de Cristo era poco más que un títere en manos del Rey de Francia; durante el Gran Cisma de Occidente dos o tres hombres, acompañados de sus respectivas curias, se disputaban la cátedra de San Pedro, excomulgándose unos a otros [7]. Esto, junto con el nepotismo descarado y la inmoralidad rampante en la corte papal del siglo XV, son factores que contribuyeron a la pérdida del prestigio espiritual que el Papado había disfrutado en siglos anteriores. Corrêa de Oliveira también señala como un factor importante el cambio de mentalidad que trajo el Renacimiento. La relativa estabilidad política del siglo XIV respecto a los siglos anteriores propició un relajamiento en las costumbres. Los caballeros, antes preocupados principalmente en luchar por la gloria de Jesucristo, poco a poco se reblandecieron, y empezaron a cultivar las bellas artes, y a aprender lenguas clásicas. Las cortes se volvieron cada vez más frívolas, obsesionadas con las riquezas terrenales, y en definitiva, el hombre empezó a rendirse culto a sí mismo en vez de adorar a Dios. Este declive fue el principio del fin de la Cristiandad y la antesala del Cisma Protestante del siglo XVI.



La rebelión de Lutero contra Roma fue otro acto revolucionario, el primer gran paso de los cuatro que enumera el autor. Podríamos definir la Revolución como una rebeldía sistemática contra la legítima autoridad, mientras que el Protestantismo es una rebelión contra no sólo la autoridad divina del Papa y toda la Iglesia, sino contra el principio objetivo de Verdad. A partir de Lutero, en las mentes de millones de personas, la religión ya no sería una cuestión de someter el intelecto a la Verdad Revelada, sino más bien una búsqueda personal. En este sentido, el Protestantismo contiene en sí el germen de todas las demás revoluciones posteriores; el Libre Examen de las Escrituras potencia el Subjetivismo frente al Escolasticismo, y el rechazo de la Autoridad de la Iglesia fomenta el individualismo frente a la obediencia a la autoridad legítima. En el plano político, Lutero destruyó la unidad espiritual de Europa, y la antigua Cristiandad fue herida de muerte con los países del Norte amputados de la Iglesia. Las consecuencias históricas de este cisma fueron enormes, sobre todo la separación de una Inglaterra que luego, al conquistar su imperio, propagó la herejía protestante por doquier, de forma muy decisiva en los Estados Unidos durante el siglo XVII.


Martín Lutero, el heresiarca.


El segundo gran paso revolucionario, según Corrêa de Oliveira, llegaría en el siglo XVIII con la Revolución Francesa. Se puede decir que el Cisma Protestante rompió el orden espiritual de la Cristiandad, y que la Revolución Francesa rompió el orden social. La rebelión de los revolucionarios franceses contra el Rey corresponde a la rebelión de Lutero contra el Papa; la rebelión del pueblo contra la aristocracia corresponde a la rebelión de los laicos contra el clero; y la afirmación de la soberanía del pueblo por parte de los jacobinos corresponde a la usurpación de autoridad divina por parte de las sectas protestantes que surgieron a raíz de la pésimamente llamada Reforma Protestante. Indudablemente, la Francia de Luis XVI era un reino plagado de injusticias, y en parte se cosechó lo que se había sembrado. Sin embargo, no se puede justificar de modo alguno la Revolución de 1789, porque, sin entrar siquiera a considerar sus consecuencias trágicas, más allá de una serie de reivindicaciones justas contra los abusos del Rey, de la aristocracia, y del clero, se fundamentaba en tres grandes mentiras, que analizaremos a continuación.

El famoso trilema Libertad, Igualdad, Fraternidad constituye todo un programa anticristiano. Hoy en día estos principios, junto con la famosa Declaración de los Derechos del Hombre de 1791, forman la base del sistema democrático-liberal vigente en los países occidentales, antaño cristianos. Por esta razón es tan importante la crítica de estos falsos principios revolucionarios a la luz de la sana filosofía y la doctrina perenne de la Iglesia. La primera mentira revolucionaria es la Libertad sin Verdad. El liberalismo, hijo de la Revolución Francesa, es la filosofía que convierte la libertad en valor supremo. Todos sabemos que la libertad es un bien, pero de la misma manera que la salud, el dinero, el placer y otros tantos bienes, si colocamos la libertad como bien absoluto caemos en un error diabólico. En palabras de Monseñor Lefebvre [8], sin verdad no hay dignidad ni libertad:


En efecto: el que sigue un error pierde su dignidad, y sobre ella ya no puede fundarse nada. Además, el fundamento de la libertad no es la dignidad sino la verdad: “La verdad os hará libres” (Ioh. VIII, 13), dice Nuestro Señor. ¿Qué es la dignidad? Según la doctrina católica, la dignidad del hombre le viene de su perfección, es decir, del conocimiento de la verdad y de la adhesión [al] bien.


La segunda mentira deriva de confundir la igualdad esencial de todo ser humano con la igualdad accidental, y como fruto de este error, proponer como motor de la historia la lucha contra el sistema de clases derivado de la cristiandad. Primero, veamos la igualdad esencial. Esencialmente, todos los seres humanos somos iguales, porque tenemos un alma inmortal hecha a imagen de Dios. En la cosmovisión católica, nadie es menos persona por ser pobre, por haber nacido en una familia humilde, y tanto el siervo como el noble están atados por sagrados vínculos de obligaciones hacía Dios y los demás. Todos somos iguales en dignidad. De hecho, en el santoral católico hay desde campesinos (como San Isidro labrador) hasta reyes (como San Fernando III de Castilla). San Pablo expresa así la idea de la igualdad esencial de todos: Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (Gál. III, 28). Hoy esto nos puede parecer evidente, pero fue una auténtica novedad en su día, cuando un esclavo no tenía derecho alguno, ni siquiera a su propia vida. La doctrina cristiana de que todos los seres humanos tienen un alma inmortal de valor infinito por haber sido rescatada del pecado al precio de la Sangre de Cristo, es lo que más contribuyó a la eventual abolición de la esclavitud, primero en la Cristiandad y después en el Nuevo Mundo evangelizado.



Ahora hay que plantear la igualdad accidental, un invento revolucionario que es absolutamente contrario a la Voluntad Divina. Dios ha querido que las personas seamos diferentes en nuestras características accidentales; hay personas altas y bajas, rubias y morenas, gruesas y delgadas, etc. También el nacimiento en una familia u otra es un “circunstancia” que determina gran parte del destino de un hombre. Un ateo podría pensar que el país, la familia y la época en que ha nacido se deben sólo al azar, pero el creyente sabe que Dios lo ha dispuesto así desde siempre, porque nada hay que se escape de Su Divina Providencia. El que reivindica que todos los seres humanos nazcan en las mismas condiciones, reivindica algo irrealizable pero, además, reivindica algo que va en contra de la Voluntad del Creador. En ese sentido, dentro de un orden moral, el derecho a la propiedad privada es un derecho sagrado sancionado por los Mandamientos de la Santa Ley de Dios. Por pura lógica, si el hombre tiene derecho a disponer de sus bienes como le parezca bien, aunque siempre dentro de un orden, también debe tener derecho a legar esos mismos bienes a su descendencia. Esta verdad tan despreciada hoy en día, tanto por católicos como por no católicos, es doctrina de la Iglesia como demuestra el Magisterio. Así, por ejemplo, León XIII, en su Encíclica, Quod Apostolici Muneris de 1878, escribe:


La desigualdad del derecho y del poder se derivan del mismo Autor de la naturaleza, del cual toma su nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra.

Mas los lazos de los príncipes y súbditos de tal manera se estrechan con sus mutuas obligaciones y derechos, según la doctrina y preceptos católicos, que templan la ambición de mandar, por un lado, y por otro la razón de obedecer se hace fácil, firme y nobilísima.


Hoy en día, después de casi 250 años de liberalismo y derechos inventados de la nada por la misma modernidad que nos ha regalado un siglo XX atroz, ya no se aprecia las ventajas del sistema de clases de la Cristiandad. Por ejemplo, en España, es bien conocida la orientación política antitradicional del mismísimo Jefe del Estado, Su Majestad Don Juan Carlos I de Borbón. Si el mismísimo Rey de España se adhiere a principios que socavan los derechos hereditarios, no es aventurado afirmar que la Monarquía está destinada a desaparecer convirtiéndose en pieza de museo testimonio de tiempos pretéritos.

Juan Carlos I de España, monarca liberal y antitradicional


En la sociedad pre-revolucionaria se entendía perfectamente el derecho de una familia a legar su posición social a sus herederos, y existía la conciencia de pertenecer a una clase social por voluntad divina, no por méritos propios. En el país, igual que en la familia, célula básica de toda organización social, vemos inequívocamente que Dios desea la desigualdad entre sus criaturas, porque cada uno tiene que desempeñar un papel diferente. Por desgracia, en la Iglesia, a causa de la influencia del liberalismo en la jerarquía (un tema del que me ocuparé más adelante), ya no se predica la desigualdad entre los seres humanos. De la misma manera que hoy, por influencia del feminismo, se niega la doctrina católica de desigualdad entre los esposos, por influencia del liberalismo se niega que unos nazcan con mayor rango que otros, aunque todos disfrutemos de la misma dignidad de hijos de Dios redimidos por Su Preciosísima Sangre. La desigualdad de los seres humanos es desarrollada por León XIII en la Encíclica Quod Apostolici Muneris ya citada:


Porque, a la verdad, el que creó y gobierna todas las cosas dispuso, con su próvida sabiduría, que las cosas ínfimas a través de las intermedias, y las intermedias a través de las superiores, lleguen todas a sus fines respectivos.



Así, pues, como en el mismo reino de los cielos quiso que los coros de los ángeles fuesen distintos y unos sometidos a otros; así como también en la Iglesia instituyó varios grados de órdenes y diversidad de oficios, para que no todos fuesen apóstoles, no todos pastores, no todos doctores, así también determinó que en la sociedad civil hubiese varios órdenes, diversos en dignidad, derechos y potestad, es a saber, para que los ciudadanos, así como la Iglesia, fuesen un solo cuerpo, compuesto de muchos miembros, unos más nobles que otros, pero todos necesarios entre sí y solícitos del bien común.


Siguiendo esta metáfora de San Pablo aplicada a la sociedad civil, Plinio Corrêa de Oliveira habla de la sociedad orgánica, que vive como un organismo en que cada miembro que cumple la tarea que le es asignada por la naturaleza. La Cristiandad, según el autor, era un ejemplo de sociedad orgánica, con una armonía entre sus miembros, mientras que las sociedades creadas por la Revolución son artificiales y conflictivas por naturaleza. El problema esencial de nuestra sociedad liberal es que todos quieren mandar, pero nadie quiere asumir sus obligaciones. Padecemos las mismas situaciones absurdas que describe San Pablo en la Iglesia, pero aplicadas a la Sociedad Civil:


Así también el cuerpo no se compone de un solo miembro, sino de muchos. Si dijera el pie: «Puesto que no soy mano, yo no soy del cuerpo» ¿dejaría de ser parte del cuerpo por eso? Y si el oído dijera: «Puesto que no soy ojo, no soy del cuerpo» ¿dejaría de ser parte del cuerpo por eso? Si todo el cuerpo fuera ojo ¿dónde quedaría el oído? Y si fuera todo oído ¿dónde el olfato? Ahora bien, Dios puso cada uno de los miembros en el cuerpo según su voluntad. Si todo fuera un solo miembro ¿dónde quedaría el cuerpo? Ahora bien, muchos son los miembros, mas uno el cuerpo. Y no puede el ojo decir a la mano: «¡No te necesito!» Ni la cabeza a los pies: «¡No os necesito!» Más bien los miembros del cuerpo que tenemos por más débiles, son indispensables. Y a los que nos parecen los más viles del cuerpo, los rodeamos de mayor honor. Así a nuestras partes deshonestas las vestimos con mayor honestidad. Pues nuestras partes honestas no lo necesitan. Dios ha formado el cuerpo dando más honor a los miembros que carecían de él, para que no hubiera división alguna en el cuerpo, sino que todos los miembros se preocuparan lo mismo los unos de los otros. (1 Corintios 12:14-25)


Corrêa de Oliveira explica que la sociedad feudal era una sociedad basada en la subsidiariedad, es decir, en una desigualdad orientada al bien común; la dependencia de los jerárquicamente inferiores hacía sus superiores, y la correspondiente obligación religiosa, moral y legal de los superiores hacía sus súbditos. Los reyes católicos eran conscientes de que toda autoridad provenía directamente de Dios, como lo indica claramente la Sagrada Escritura: no est Potestas nisi a Deo (Rom. XIII, 1). Hasta el Señor reconoció la autoridad de Poncio Pilatos, representante de un imperio pagano, cuando dijo: no tendrías ningún poder sobre mí, si no te hubiera sido dado desde lo alto. (Jn. XIX, 11). El principio de que toda autoridad no usurpada [9] viene de Dios es fundamental para una sociedad católica, de la misma manera que la negación de cualquier autoridad natural, no instituida por el hombre, es fundamental para la sociedad revolucionaria. La Revolución rechazó el principio de autoridad divina, abolió la aristocracia y la monarquía, y creó el más monstruoso de los sistemas de gobierno: el Estado Totalitario. El Reino de Terror de Robespierre fue el primer estado totalitario de una larga lista en la Historia Moderna y Contemporánea, y también fue responsable del primer genocidio de la Edad Moderna, contra los campesinos católicos de la Vendée.



Satanás, en su orgullo, no tolera una sociedad jerarquizad donde los hombres están unidos por lazos de mutua confianza y votos de lealtad, y donde cada uno reconoce y respeta la autoridad de sus superiores. Es muy lógico que sea así; el soberbio no tolera la obediencia. Su grito ¡non serviam….! “¡No obedeceré…!” (Jer. II, 20), es el grito de guerra de todos los revolucionarios. La jerarquía que Satanás quiere, porque en toda sociedad siempre tiene que haber una jerarquía, nos guste o no [10], se alimenta puramente del hambre de poder, donde no se respeta nada más que el derecho de conquista del más fuerte. Plinio Corrêa de Oliveira habla del pecado de la Revolución, que es una combinación de la sensualidad y la soberbia. Con este pecado Satanás ha tentado a los hombres (con mucho éxito) durante los últimos siglos. Es por este pecado que hoy en día se habla mucho de los derechos humanos, pero casi nadie se acuerda de sus obligaciones con Dios.



La tercera mentira de la Revolución es la fraternidad sin Padre común. Los revolucionarios que niegan a Dios, por mucho que se llamen “camaradas”, no tienen ningún lazo entre sí que sea capaz de suscitar generosidad y verdadera caridad entre ellos y hacía los demás: todo está subordinado a una Revolución que sólo terminará con la muerte del último hombre que se someta a ella. La religión cristiana obliga a amar al prójimo no porque sea útil o por un vago sentido de solidaridad sino porque, en un sentido bien real, todos los seres humanos somos hermanos porque todos tenemos el mismo Padre.

El uso de las tres mentiras del trilema Libertad, Igualdad y Fraternidad, referidas a una libertad sin verdad, la destrucción del orden natural querido por Dios, y una moral basada en la voluntad de poder es típico de toda estrategia revolucionaria, que consiste en el uso, tergiversación y vaciamiento de contenido de palabras que suenan bien para hacerles decir otras cosas muy distintas. [11]


Continuará…
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[1] Texto: Christopher Fleming. Notas: Miguel Serrano Cabeza.

[2] Eric Arthur Blair, George Orwell (1903-1950): “The best books, he perceived, are those that tell you what you know already.” en 1984.

[3] Jean-Joseph Gaume (1802-1879): La Révolution. Recherches historiques sur l’origine et la propagation du mal en Europe depuis la Renaissance jusqu’à nos jours, Paris: Gaume Frères et J. Duprey libraires-éditeurs, 1856-1859, 12 vol.



[4] Traducción tomada de: Mons. Marcel Lefebvre: Carta abierta a los católicos perplejos, Mexico: Voz en el desierto, 2003, pp. 112-113.

[5] Inluído en su recopilación de artículos Por qué soy católico / Why I am Catholic.

[6] Atila Sinke Guimarães: Eli, Eli, Lamma Sabacthaní?
1: In the Murky Waters of Vatican II, Tradition in Action, 2008(1997), 396pp
1: En las aguas turbias del Concilio Vaticano II, Valdivieso, 2010, 438pp
2: Animus Injuriandi-I, Tradition in Action, 2010, 390pp
3: Animus Injuriandi-II, Tradition in Action, 2011, 350pp
4: Animus Delendi-I, Tradition in Action, 2000, 502pp
5: Animus Delendi-II, Tradition in Action, 2002, 384pp
6: Inveniet Fidem?, Tradition in Action, 2007, 384pp
7: Destructio Dei, Tradition in Action, en prensa
8: Fumus Satanae, Tradition in Action, en prensa
9: Creatio, Tradition in Action, en prensa
10: Peccato, Redemptio, Tradition in Action, en prensa
11: Ecclesia, Tradition in Action, 2009, 320pp

[7] Hasta el 4 de noviembre de 1958, con la entronización del cardenal patriarca de Venecia Angelo Giuseppe Roncalli (1881-1963) con el nombre de Juan XXIII, no quedó claro que el cardenal Baldassare Cosa, entronizado en Pisa el 25 de mayo de 1410 con el nombre de Juan XXIII, había sido un antipapa. Así se zanjaron seis siglos iniciados con la creación en Fondi el 20 de septiembre de 1378 del antipapa de Aviñón Clemente VII, que fue reconocido por los reinos cismáticos de Francia, Escocia, Castilla, Aragón, Navarra, Portugal, Dinamarca, algunos estados alemanes, y Noruega.

[8] Traducción tomada de: Mons. Marcel Lefebvre: Carta abierta a los católicos perplejos, Mexico: Voz en el desierto, 2003, pp. 93-94.

[9] Juan de Salisbury (ca. 1120-1180), Obispo de Chartres que participó el tercer concilio lateranense, biógrafo de San Anselmo de Canterbury y de Santo Tomás Becket, arzobispo de Canterbury del que fue secretario, decía que Además, matar al tirano no sólo es lícito sino que es legítimo y justo:
Porro tyrannum occidere non modo licitum est, sed aequum et iustum.
Ioannes Saresberiensis, Polycraticus, 3:15:2:3 [libr:cap:párr:fras]
A este respecto, resulta interesante todo el capítulo XV. En él se indica claramente que, para todo católico, una vez establecida la primacía de lo espiritual en su vida, es necesario eliminar toda tiranía que se oponga al Reino de Dios.

[10] Cfr. vid. Enrique Pardo Fuster: Fundamentos bíblicos de teología católica, Villava: Gratis Date, Tratado XVII: Eclesiología; Capítulo 28: El Cuerpo Místico de Satanás:
- Satanás es la Cabeza de su Cuerpo místico.
– Es Rey de todos los hijos del orgullo.
– Los pecadores habituales son Cuerpo místico de Satanás.
– Los privilegios de la cabeza sobre el Cuerpo se dan en Satanás sobre los pecadores.
– El Cuerpo místico de Cristo y el de Satanás están luchando constantemente hasta el fin del mundo.
Es doctrina expuesta por Santo Tomás de Aquino.

[11] Es imposible no recordar el lema del INGSOC (que, por medio del Ministerio de la Verdad impone la “neolengua”, que hoy llamaríamos “lenguaje políticamente correcto”, y la filosofía del “doblepensar”, que hoy llamaríamos “pensamiento políticamente correcto”) en la distopía de George Orwell, 1984:
La guerra es paz, la libertad es esclavitud, la ignorancia es la fuerza.
Tal como vio Lewis Carroll en su libro Alicia a través del espejo (Cap. VI), en última instancia, el significado de las palabras termina siendo un simple asunto de ejercicio de poder y control de masas. Quien ostente ese poder podrá hacer que las palabras signifiquen lo que él quiera que signifiquen:



-Cuando yo uso una palabra -dijo Humpty Dumpty en un tono más bien desdeñoso- esa palabra significa exactamente lo que yo quiero que signifique. Ni más ni menos.

- La cuestión está -dijo Alicia- en si usted puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

- La cuestión está -dijo Humpty Dumpty- en quién es el que manda. Eso es todo.

Al hilo de todo lo dicho, dado que existe en la Iglesia una lengua común propia de la Teología y de la Liturgia, el latín, uno no puede sino preguntarse por qué se persigue a quienes todavía pretenden usarlo. Quizá porque, al ser una lengua carente de uso social, hace imposible…

…obligar a Alicia a que use las palabras con otros sentidos a los que originalmente las llevaron a ser usadas…



La llamada “Nueva Teología” es hija de la modernidad, un producto de la Revolución en el que las palabras ni significan lo que significaban, ni dentro de un tiempo seguirán significando lo que ahora significan.

Por eso, todo diálogo teológico con sus defensores, los revolucionarios, hijos de 1789, carecerá necesariamente de sentido.

 

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