Cristo de la Luz

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miércoles, 22 de octubre de 2014

Creación vs Evolución V

Publicado el 21 de abril de 2014


Sigo con los argumentos científicos a favor de la Creación bíblica y en contra de la evolución. En esta entrega quiero definir el término “evolución” y aclarar la confusión general que existe al respecto. Si nos referimos a la evolución en el sentido darwiniano, el campo de la genética demuestra que es una teoría carente de cualquier evidencia empírica, por lo que, lejos de ser una teoría científica, es más bien una creencia religiosa (una creencia religiosa falsa, por supuesto).

Realmente existen dos sentidos del término “evolución” que se suelen confundir: la macro-evolución y la micro-evolución. El primer sentido, la macro-evolución, que sería lo que propuso Darwin, es una idea religiosa, que ni es observable ni repetible. La macro-evolución habla de la descendencia común de todos los seres vivos y la progresión ascendente, desde criaturas unicelulares hasta el homo sapiens.

Darwin concebía la evolución como la “descendencia con modificaciones” y fueron otros investigadores que lo modificaron para significar “cambio de frecuencia génica”, o “cambio de caracteres heredados entre una población y otra”. Según este sentido del término se entiende que una especie de ser vivo puede, a lo largo de mucho tiempo, mediante mutaciones beneficiosas y la selección natural, convertirse en otra completamente distinta.

El segundo sentido del término, la micro-evolución, se refiere a la variedad o frecuencia genética que se encuentra dentro de las especies, pero nada más. Por ejemplo, en la especie canina hay una variedad increíble, desde el chihuahua hasta el gran danés, pero ambos siguen siendo perros. En este sentido los católicos no tenemos ningún problema con la evolución, porque lo vemos con nuestros propios ojos todos los días y no contradice en nada la Palabra de Dios.


El problema surge cuando se mezclan ambos sentidos del término “evolución”. Darwin observó pequeñas variedades en la forma de los picos de los pinzones en las Islas Galápagos, y concluyó que esto era una prueba a favor de la descendencia común de todos los seres vivos. Los evolucionistas siguen con el mismo truco 150 años más tarde; señalan la enorme variedad que existe dentro de las especies (la micro-evolución) y concluyen erróneamente que esto es una prueba a favor de la macro-evolución. No se puede extrapolar la micro-evolución a la macro-evolución por varias razones que ahora veremos, y es un engaño (deliberado o no) usar hoy en día este argumento a favor del evolucionismo.  Ahora con lo que sabemos sobre el ADN no es razonable seguir con esa línea de argumentación, porque el campo de la genética ha demostrado que la macro y la micro evolución son conceptos opuestos: el primero es la ganancia de información genética y el segundo es la pérdida de información genética.

La variedad dentro de la especie canina, por seguir con el mismo ejemplo, es fruto de una reorganización y eventualmente una pérdida de información en el código genético. Si imaginamos la pareja de perros que bajó del Arca tras el Diluvio, de la que se derivan todas las razas de perros que ahora existen, podemos especular que eran animales bastantes similares a los lobos de hoy en día. Por lo tanto, toda la información genética necesaria para producir las razas de perros que existen ahora estaba ya contenida en el ADN de esa pareja original. Fue cuestión de seleccionar para la crianza los individuos según sus características y aislar un grupo de otro. Según fueron criados por el hombre, algunos grupos perderían cierta información genética y empezarían a distinguirse de otros; así se crearon las razas, y así se sigue haciendo. Con el tiempo se puede conseguir de una pareja de lobos algo similar a la raza chihuahua actual, pero de una pareja de chihuahuas jamás se conseguirá nada más que chihuahuas, porque la pérdida de información genética es tan grande en esta raza que no hay margen para más cambios. Es por esta razón que cuanto más especializada sea una raza de cualquier tipo de animal, y por ende menos equilibrada genéticamente, menos saludable es. Todos sabemos que los perros de raza padecen más enfermedades y mueren mucho antes que los perros mestizos.


Lo que los evolucionistas nos quieren hacer creer es que, mediante cambios accidentales (mutaciones), la información genética se puede crear para formar nuevas especies. Quieren que creamos que toda la información contenida en nuestro ADN es meramente el resultado de la acumulación de accidentes en la replicación de dicho código. Ignoran la ley básica de la información: la información siempre es fruto de una inteligencia. Sea un programa informático, un libro, o el código genético; la información no se genera espontáneamente. ¡Es tan absurdo hablar de la generación accidental del ADN como imaginar que El Quixote lo podría reproducir un mono pulsando el teclado de un ordenador al azar!

Cualquier persona es capaz de apreciar que algo tan complejo y específico como la secuencia de ADN, que determina la fabricación de proteínas en las células y es capaz de auto-replicarse, es un código de información, y así lo reconocen todos los biólogos del mundo. Esto es lo que dice al respecto el fundador de Microsoft, Bill Gates:
El ADN es un sistema de almacenamiento de información similar a un programa informático, pero inmensamente más sofisticado que lo que el hombre ha podido inventar hasta ahora.
El intelectual ateo más destacado del siglo XX, Antony Flew, tuvo que admitir lo siguiente:
Lo que ha hecho el material del ADN es mostrar que tuvo que haber una inteligencia involucrada para juntar elementos tan extraordinariamente diversos.
La comunidad científica tiene tan asumida la noción de que la información presupone una inteligencia que el gobierno de EEUU se ha gastado millones de dólares en el programa de la NASA llamado SETI (Search for Extraterrestrial Intelligence), que funciona en base a esta premisa. Si detectan una señal extraterrestre que contiene algún patrón o código matemático (es decir, información), sabrán que en algún otro planeta existe vida inteligente. ¡Lástima que algunos no sean lo bastante inteligentes como para aplicar esta lógica a la información almacenada en cada célula de cada ser vivo en la Tierra!

SETI (Search for Extraterrestrial Intelligence)
Los evolucionistas creen que la información puede surgir al azar y que lo complejo puede derivarse de lo sencillo, sin la intervención de una inteligencia extrínseca. Estas creencias contradicen una ley fundamental como es la segunda ley de termodinámica, también conocida como la ley de entropía. Esta ley dice que todo sistema por sí solo tiende hacía el desorden y menor complejidad. Un buen ejemplo es la habitación de un adolescente, que sin un esfuerzo consciente por ordenarla, estará cada vez más desordenada y exhibirá menor complejidad. Para que se entienda, los calcetines aparejados y guardados en el cajón correcto es un ejemplo de mayor complejidad que si están todos tirados por el suelo.

En la naturaleza observamos que todo tiende hacía el desorden y el agotamiento; desde las estrellas que van consumiéndose, hasta nuestros propios cuerpos que se desgastan con los años. La genética también obedece la ley de entropía, como no podía ser de otra manera. Nuestra herencia genética se va empobreciendo con cada generación, debido a los fallos acumulados en la replicación del ADN. Cada vez que arranca una nueva vida humana el hijo recibe los errores de sus padres, que se añaden a los suyos propios. La gran mayoría de errores son insignificantes en sí, pero su efecto acumulativo puede ser problemático. En realidad somos como una fotocopia de una fotocopia de una fotocopia de una fotocopia, y así sucesivamente hasta remontar a Adán y Eva. Ellos no tenían defecto físico alguno, porque salieron directamente de las manos de Dios. Pero a causa del Pecado Original, hemos perdido esa perfección original y padecemos un proceso degenerativo, lento pero inexorable.

En el año 2005 John Sanford publicó un libro con el título llamativo de Genetic Entropy & the Mystery of the Human Genome, que supuso un hito en la literatura científica creacionista. En este libro Sanford refuta la idea darwiniana de la descendencia común de todos los seres vivos mediante un examen de la naturaleza del ADN.

Sanford se apoya en el consenso general entre los genetistas actuales de que el ser humano está experimentando un declive en su aptitud física, debido a la acumulación de mutaciones en su ADN. Un experto citado por Sanford cifra el porcentaje de pérdida de nuestra aptitud física en un 3% por generación. ¡Ojo! estamos hablando de genetistas evolucionistas, que sin embargo creen, por la evidencia empírica, que al ser humano, por decirlo de manera vulgar, le quedan tres telediarios.

“Genetic Entropy” de Dr. John Sanford
Una implicación evidente de este fenómeno, que los biólogos evolucionistas fingen no ver, pero que destaca Sanford en su libro, es que el ser humano es una criatura relativamente reciente. Al ritmo del declive actual es imposible que el ser humano lleve cientos de miles de años a sus espaldas, porque con los periodos de tiempo que manejan los evolucionistas la “entropía genética” hubiera alcanzado niveles incompatibles con la vida, y hace tiempo que se hubiera extinguido la especie.

Una objeción a esta idea de la entropía genética es que las personas vivimos cada vez más años, por lo que parece que en lugar de una degeneración deberíamos hablar de un progreso. Sin embargo, este innegable aumento en nuestra longevidad se debe a factores ajenos a la genética, como son la dieta, la higiene y los cuidados médicos. La soberbia del hombre moderno le lleva a pensar que es superior en todos los sentidos a sus ancestros, cuando es justamente al revés; si al hombre de hoy le quitas sus comodidades, su tecnología, su atención médica y sus tres comidas diarias y lo trasplantas en un medio hostil, no dura ni un mes.

Los evolucionistas insisten en que somos el producto de millones de años de mutaciones beneficiosas unidas a la selección natural. El problema es que estas mutaciones beneficiosas son extremadamente raras en comparación con las mutaciones dañinas, y no está nada claro como las primeras pudieran prevalecer sobre las segundas. Se han hecho todo tipo de pruebas en el laboratorio con moscas de la fruta, sometiéndolas a dosis de radiación para incrementar el índice de mutaciones. En décadas de experimentación han conseguido monstruos horribles, pero tras cientos de generaciones radioactivas siempre siguen siendo moscas de la fruta; moscas con alas torcidas, sin alas, con una, dos, tres o cuatro alas y hasta una pata donde debería estar la boca. Pero esto es tan sólo una “reordenación” de la información que ya estaba presente en el ADN de la mosca de la fruta; nunca han logrado que una mosca creara un órgano nuevo. Esta es la quid de la cuestión: nunca se consigue nueva información de una mutación. El que quiere creer que es posible va en contra de toda la evidencia experimental que tenemos hoy en día, por no decir nada del sentido común.

Nadie, ni el más convencido creacionista, niega que existan casos de mutaciones que han resultado ser beneficiosas. El problema es que dichas mutaciones beneficiosas no añaden nueva información genética, como requiere el darwinismo, sino que son el resultado de un mal funcionamiento del organismo. Es decir, van en la dirección contraria a la que necesita el evolucionismo. Por ejemplo, hay una enfermedad genética llamada anemia drepanocítica que da a los seres humanos una resistencia a la malaria por una disfunción en la hemoglobina. Pretender que es una suerte padecer anemia porque así no coges la malaria es como decir “me corto los pies y así no pillo verrugas.” Otro ejemplo es la tolerancia a la lactosa, que sólo un tercio de la población mundial tiene. Esto es en realidad un fallo en el sistema digestivo; alrededor de la edad de 4 años deberíamos dejar de producir una enzima llamada lactasa, que permite la digestión de la lactosa, pero la raza europea (con excepciones) ha heredado una mutación que hace que nunca se deja de producir lactasa, y por tanto los adultos pueden seguir bebiendo leche toda su vida. Esta mutación beneficiosa no tiene otros efectos negativos tan evidentes, pero tampoco añade nueva información al ADN.

He oído incontables veces el argumento de que las bacterias resistentes a la penicilina son una prueba a favor de la evolución. Supuestamente son un ejemplo clarísimo de una mutación beneficiosa, de como un ser vivo se “adapta” a su medio para sobrevivir. En un hospital es normal encontrar bacterias resistentes a la penicilina, porque en ese medio las bacterias con esta característica sobreviven mejor, mientras que en la naturaleza estas bacterias sobreviven peor. Para ser exactos, las bacterias no se “adaptan”, no se puede hablar de un cambio en las bacterias, sino en el ratio de población de distintos tipos de bacterias, porque lo que ocurre cuando las bacterias se hacen resistentes a la penicilina es simplemente una selección de diferentes tipos que ya existían.

No es la creación de una nueva bacteria con información nueva. Es una demostración de la capacidad de la bacteria de usar la información contenida en su genoma, tanto en la cromosoma principal como en los plásmidos. Además, es interesante notar que ahora sabemos sin género de duda que las bacterias resistentes ya existían antes del descubrimiento de la penicilina por Alexander Fleming en 1929 y su uso en la medicina. En 1988 se localizó el naufragio de una expedición ártica de 1845 con toda su tripulación congelada en el hielo permanente. Se hizo una autopsia a los marineros y se encontró bacterias resistentes a la penicilina en sus intestinos. De evolución, nada de nada.

La teoría de la evolución cae por su propio peso si los mismos científicos que la defienden son incapaces de mostrarnos un solo ejemplo de una mutación beneficiosa que crea información genética nueva, porque estas mutaciones son el motor de todo el supuesto proceso evolutivo. Predicar el evolucionismo sin explicar cómo ocurrió, pasando por encima del mecanismo en sí, es vender humo, pura palabrería. No basta con invocar “miles de millones de años”, como si el tiempo por sí sólo obrara milagros. Si los evolucionistas tuvieran impresionantes demostraciones de cómo funciona su teoría, no me cabe la menor duda que ya las conocería. El hecho es que sus argumentos son paupérrimos; sus “pruebas” son tan endebles que las tienen que disfrazar con brillantes capas de retórica.

Cuando se les pide que bajen de las alturas y muestren una de sus “pruebas”, el resultado a menudo es bastante cómico, como en el debate de este vídeo. El invitado que defiende la Creación, Ken Ham, pregunta a uno de los evolucionistas, Steve Jones, catedrático de genética, “¿cuál es la mejor prueba que tiene usted de que la evolución es verdadera?” El evolucionista contesta que había una especie de salmón en EEUU que vivía en parte en los ríos y en parte en el mar; en los últimos 25 años se han separado las poblaciones fluviales de las marinas, y se han diferenciado hasta formar dos especies diferentes. (El debate empieza a partir de 12:10 y el momento al que he aludido ocurre en el 22:45) ¡Dos tipos de salmón! Otra vez el viejo truco de extrapolar la micro-evolución para “demostrar” la macro-evolución. ¡Si yo fuera evolucionista me preocuparía enormemente si la mejor evidencia que puede presentar todo un catedrático de genética a favor de mi teoría es que un tipo de salmón se ha convertido en dos tipos de salmón! ¡Se supone que esto es lo que nos tiene que convencer de que provenimos del mono!

Termino con el testimonio del Dr. Sanford, escrito tras la reacción furibunda de sus colegas biólogos evolucionistas. ¡Menos mal que él ya había solicitado la jubilación anticipada y vivía cómodamente gracias a sus patentes!

Dr. John Sanford
El darwinismo moderno está construido sobre lo que llamaré el “Axioma Primario”. El Axioma Primario es que el hombre es meramente el producto de mutaciones casuales más la selección natural. Dentro del mundo académico de nuestra sociedad el Axioma Primario es enseñado universalmente y aceptado casi universalmente. Es el mantra constante, repetido sin cesar en cada campus universitario. Es muy difícil encontrar a algún profesor universitario que contemplaría (o podría decir se atrevería) a poner en duda el Axioma Primario.
Al final de mi carrera hice algo que para un catedrático de Cornell normalmente sería impensable. Empecé a poner en duda el Axioma Primario. Hice esto con mucho miedo, sabiendo que me enfrentaría con las “vacas sagradas”del mundo académico. Entre otras cosas, podría incluso causar mi expulsión del mismo.
A pesar de haber logrado cierta fama y un considerable éxito dentro de mi especialidad (genética aplicada), significaría salirme de la seguridad de mi pequeño nicho. Tendría que explorar asuntos muy grandes, incluyendo aspectos de la genética teórica que siempre había aceptado por pura fe. Me sentía obligado a hacerlo, pero debo confesar que esperaba chocar contra un muro infranqueable. Para mi propio asombro, me di cuenta de que la fortaleza que parecía inexpugnable que se había construido sobre el Axioma Primario es en realidad un castillo de naipes. El Axioma Primario es una teoría extremadamente vulnerable; de hecho, es esencialmente indefensible. Su aura de invencibilidad se deriva mayormente de cortinas de humo y faroles. Gran parte de lo que lo mantiene en pie  es la fe casi mística que profesan sus adeptos, los que creen en la omnipotencia de la selección natural. Además, empecé a darme cuenta de que esta fe ciega en la selección natural tenía su raíz en un compromiso ideológico que sólo puedo describir como religioso, por lo que seguramente iba a ofender los sentimientos religiosos de mucha gente.
Poner en duda el Axioma Primario requería re-examinar prácticamente todo lo que sabía sobre genética, y fue el emprendimiento intelectual más difícil de mi vida. Los patrones de pensamiento que están muy arraigados sólo cambian lentamente y, debo añadir, dolorosamente. Lo que al final experimenté fue un completo derrocamiento de mis ideas anteriores. Tras muchos años de lucha personal llegué a un entendimiento nuevo y una fuerte convicción de que el Axioma Primario era erróneo. Lo más importante es que estaba convencido de que se podía demostrar la falsedad del Axioma Primario a cualquier persona razonable con una mente abierta. Esta convicción era muy emocionante, pero a la vez me asustaba, porque me di cuenta de que tenía una obligación moral de retar abiertamente esta vaca sagrada. Sabía que al hacerlo me ganaría el máximo desprecio de mis colegas académicos, por no hablar de una oposición férrea desde las altas esferas.

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