Cristo de la Luz

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viernes, 17 de octubre de 2014

Contra el Sedevacantismo

Publicado el 23 de octubre de 2013


En los tres Evangelios sinópticos, en el discurso escatológico, los discípulos le preguntan al Señor: “Dinos cuándo sucederá eso, y cuál será el signo de tu venida y del final del mundo.” (Mateo 24:3) La respuesta de Nuestro Señor empieza así: “Mirad que no os engañe nadie.”  Los últimos tiempos son por tanto tiempos de gran confusión y engaño. Los católicos de hoy en día que queremos salvar nuestra alma tenemos que enfrentarnos todos los días a mentiras y medias verdades que buscan alejarnos de la fe. Viendo la tremenda crisis en la Iglesia, con una apostasía generalizada entre los fieles, herejías difundidas por el clero, el episcopado, y hasta por el Vaticano, muchos han dudado y han terminado cayendo en el error del sedevacantismo. Propongo desmontar las tesis sedevacantistas, para que ningún lector sea víctima de este error por ignorancia.


Primero, una definición del sedevacantismo. El término proviene de las palabras sede vacante, en referencia a la sede de San Pedro. Los sedevacantistas afirman que hoy no hay Papa, y la mayoría creen que no lo ha habido desde 1958, cuando fue elegido Juan XXIII. Los argumentos de los sedevacantistas tienen la misma base que los tradicionalistas, entre los que me incluyo; es decir, los que nos oponemos a la “nueva orientación” en la Iglesia inaugurada por el Concilio Vaticano II, esencialmente una apertura al mundo, o para usar la palabra de Juan XXIII, un aggiornamento. Los sedevacantistas, al igual que los tradicionalistas, ven en el Concilio Vaticano II doctrinas nuevas que son incompatibles con la Tradición, y perciben la Nueva Misa como un rito semi-protestante. Hasta aquí estamos de acuerdo.

Donde se divergen los dos campos es la postura que hay de adoptar frente a los errores doctrinales y las aberraciones litúrgicas promovidos por los Papas desde el Concilio. Los tradicionalistas no dudamos en alzar la voz para criticar los errores doctrinales que hoy en día abundan en todos los ámbitos de la vida católica, y nos negamos a colaborar con los que buscan la ruina de la Iglesia. Pero no por eso dejamos de reconocer a Francisco I como el legítimo sucesor de San Pedro. Los sedevacantistas, por otro lado, razonan de la siguiente manera: Premisa 1: Francisco I ha pronunciado herejías públicamente, y es por tanto un hereje manifiesto. Premisa 2: cuando un católico cae en la herejía se sitúa fuera de la Iglesia. Premisa 3: una persona que está fuera de la Iglesia no puede ser cabeza de la misma. Ergo: Francisco I no puede ser el Papa.


La cosa no es tan sencilla como nos la pintan los sedevacantistas. Veamos sus argumentos uno por uno.

Respecto a su primera premisa, es cierto que Francisco, igual que todos los Papas desde Pablo VI, ha dicho cosas que son absolutamente irreconciliables con la fe católica. Por ejemplo, afirmar que los ateos se pueden salvar mientras hagan buenas obras, me suena a herejía, dado que contradice abiertamente la Sagrada Escritura (sin la fe es imposible agradarle, pues nadie se acerca a Dios si antes no cree que existe. Hebreos 11:6), por no mencionar el Concilio de Trento, donde se dice que la fe es el principio de la justificación, y un sinfin de declaraciones papales similares.

Lo que no está tan claro es que por predicar un error así Francisco se puede calificar de hereje. Hay que tener en cuenta que, igual que con cualquier pecado, existe lo que se denomina herejía formal y herejía material. Un hereje material es aquel que cree y dice herejías, sin más. Yo no dudaría en situar a Francisco I en esta categoría. El hereje formal es aquel que cree y dice herejías con pleno conocimiento de causa y de manera pertinaz. ¿Cómo se puede saber si alguien ha caído en herejía formal? La Iglesia tiene mecanismos para determinar esto; hay tribunales eclesiásticos que pronuncian sentencias contra herejes, como se hizo con Lutero, por ejemplo. El problema estriba en que no hay ningún órgano competente en la Iglesia para juzgar a un Papa reinante, porque por encima del Papa sólo está Dios.

Esto significa que cuando los sedevacantistas afirman que Francisco I es un hereje, en el sentido formal, se están abrogando una autoridad que no les corresponde. Es como si yo me pusiera a decidir si el matrimonio de mis vecinos es válido o no. Yo puedo sospechar, incluso tener un buen grado de convicción, de que no están válidamente casados por la razón que sea, pero no puedo abrogarme la autoridad para dictar sentencias de nulidad, porque eso corresponde exclusivamente a la Iglesia. Tiene que existir un tribunal eclesiástica competente para determinar estas cosas. Otra consideración es que dichos tribunales abusen de su autoridad; eso no afecta para nada lo esencial, que es su legítima autoridad para dictar sentencia, autoridad que proviene en última instancia de Cristo, quien le entregó las llaves del Reino de los Cielos a San Pedro, y le dijo: lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo.

Si lo más prudente es dar por válido un matrimonio católico mientras no se demuestre lo contrario, cuánto más con un asunto que toca algo central en nuestra fe, como es la cabeza de la Iglesia. Hasta que un Papa posterior no declare hereje a los Papas posconciliares (algo que no descarto en absoluto), yo no diré nada por el estilo. Puedo decir que son materialmente heréticos por sus muchas declaraciones que objetivamente no son conformes a la Tradición católica, pero no puedo declarar por mi propia autoridad que estos Papas son formalmente heréticos.

Además de la imposibilidad de los súbditos de formalmente juzgar a su superior, los Papas posconciliares no son culpables de rechazar explícitamente cualquier doctrina infalible de la Iglesia. Pongamos un ejemplo. Cuando Benedicto XVI decía que los judíos de hoy en día son nuestros “hermanos mayores en la fe”, es indudable que sembraba confusión entre los católicos. Esta frase desafortunada sugiere que la Antigua Alianza sigue vigente, y que los hombres se pueden salvar sin necesidad del bautismo, algo que contradice las palabras del Señor; el que no nace de nuevo del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. (Juan 3:5) Además, contradice varios concilios ecuménicos que enseñan infaliblemente que “fuera de la Iglesia no hay salvación”.

Sin embargo, hay que notar que S.S. Benedicto XVI nunca dijo algo por el estilo, “lo que enseñó el Concilio de Florencia sobre la imposibilidad de salvarse fuera de la Iglesia es falso”. Nunca dijo algo tan descarado como, “la Iglesia Católica siempre ha llamado a los judíos a la conversión, mas yo digo que no necesitan convertirse.”[1] Eso sería equivalente a auto-declararse un hereje, porque sería oponerse explícitamente a la enseñanza infalible de la Iglesia. Eso es lo que hicieron los herejes de antaño, por lo que era más fácil identificarlos como tales. Lutero, el arquetipo de hereje, decía; “la Iglesia Católica siempre ha dicho X, y yo digo Y”, oponiéndose abiertamente al Magisterio de la Iglesia. Los modernistas operan de otro modo. Como explicó San Pío X en su encíclica contra el modernismo, Pascendi [2], los modernistas dicen una cosa ortodoxa y luego otra heterodoxa, huyen de las definiciones teológicos, juegan con la ambigüedad. Por eso precisamente son tan peligrosos, porque son camaleónicos, camuflan sus errores entre doctrina recta y palabras que suenan católicas.

San Pío X
Es por esta razón que aún podemos dudar de hasta qué punto los Papas posconciliares son conscientes de que sus opiniones teológicas contradicen el Magisterio de la Iglesia. Podemos tener serias dudas acerca de sus buenas intenciones, pero como no tenemos ninguna autoridad para juzgarlos debemos abstenernos de condenarlos como herejes. Yo, por ejemplo, creo que cuando Juan Pablo II convocó a los representantes de las falsas religiones en Asís en 1986, lo hizo con el sincero deseo de fomentar la paz en el mundo. Todos conocemos el dicho; “el camino hacía el Infierno está cubierto de buenas intenciones”. Es posible pensar que, debido a una defectuosa formación filosófica (Wojtyla, mucho antes de ser Papa era un fenomenólogo convencido), no era capaz de distinguir entre la esencia y la percepción de las cosas, un error en que un tomista jamás cometería. Objetivamente cualquier católico que conozca mínimamente su fe sabe que lo que hizo Juan Pablo II en Asís fue un pecado público contra el Primer Mandamiento, y por tanto es nuestro deber denunciar el escándalo, y hacer reparación por la ofensa causada a Dios. Sin embargo, nadie puede juzgar si subjetivamente era consciente de la ruptura con la Tradición que supuso su gesto. Tampoco podemos saber si lo hizo motivado por odio a Jesucristo o por un sentimiento de falsa caridad hacía los infieles.

Hay un artículo del Padre Dominique Boulet, FSSPX, que trata con mucha claridad (y mucha más erudición de la que yo soy capaz) el tema del sedevacantismo. Respecto a la imprudencia de juzgar a un Papa escribe lo siguiente:
¿Cómo es posible que algunos sujetos pretendan demostrar con certeza moral que el Papa, en su corazón, esto es, en su interior, realmente espera y desea causar y traer un gran mal sobre sus súbditos y que es debido a su maldad que promulga leyes malvadas? No es posible. Como típico liberal, Juan Pablo II está esparciendo declaraciones y concesiones ambiguas con el fin de complacer al mundo. Podría suceder que él realice declaraciones heréticas sin incluso darse cuenta de ello, y así, no podría acusársele de herejía formal. Por lo tanto, mientras no exista una prueba irrefutable, es más prudente abstenerse de juzgar. Esta fue la prudente línea de conducta del Arzobispo Lefebvre.
Hay una objeción a la tercera premisa del argumento de los sedevacantistas. Es una opinión controvertida afirmar que alguien que está fuera de la Iglesia no puede mantener un cargo en la Iglesia, lo que en términos técnicos se llama tener jurisdicción eclesiástica. Es verdad que hay una incompatibilidad de raíz, pero esa incompatibilidad no es absoluta. Así lo explica el P. Boulet:
De la misma manera que una planta puede todavía permanecer verde por mucho tiempo después de habérsele cortado la raíz, así, la jurisdicción podría mantenérsele, de forma precaria, sin embargo, incluso después de que el clérigo haya caído en herejía.
Si un obispo hereje no pierde su poder jurisdiccional mientras su superior no le destituye, ¿por qué no puede mantener su poder jurisdiccional un Papa hereje? Para el bien de la Iglesia Universal es necesario tener una cabeza visible, porque es una de las marcas esenciales de la Iglesia (¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín? Marcos 4:21), y por lo tanto podemos concebir que Cristo permite a veces que Su Vicario caiga en herejía, sin perder su jurisdicción. Esta opinión es apoyada por un teólogo de la talla de Garrigou-Lagrange, quien hace referencia al episodio en el libro de los Números (capítulo XXII:28-30), cuando Dios habla por la boca del asno de Balam.

Si se puede demostrar que a lo largo de la Historia de la Iglesia han habido Papas herejes, todos los argumentos de los sedevacantistas caen por sí solos. Una referencia interesante es esta declaración de Adriano VI (siglo XVI):
Si por la Iglesia romana usted se refiere a su cabeza o pontífice, está fuera de duda que podría errar incluso en materias tocantes a la fe. El haría esto cuando enseñara herejía por su propio juicio o decreto. En verdad, muchos Romanos pontífices fueron herejes, el último de ellos fue el Papa Juan XXII
Se sabe que Pío IX tampoco albergaba dudas de que un Papa pudiera en teoría ser hereje, ya que en una carta escribió la siguiente frase: “si un Papa en el futuro enseña algo contrario a la fe católica, no lo sigan”. Al caso de Juan XXII podemos sumar el nombre de Honorio I, condenado por herejía en el Tercer Concilio de Constantinopla (680) por su apoyo al monotelismo.

Sobre el asunto del sedevacantismo recomiendo encarecidamente una conferencia del Padre Gregory Hesse. En esta conferencia habla de la raíz del problema, el sufrimiento de la Iglesia. Muchos católicos piadosos que contemplan con horror los sacrilegios, la dejación de los pastores, y la sistemática demolición de la fe desde el Concilio Vaticano II, exclaman: “¿cómo es posible que esto ocurra en la Iglesia que Cristo fundó?” Como no pueden reconciliar la fe católica con los terribles sufrimientos y humillaciones actuales de la Iglesia, concluyen que la que ven no es la verdadera Iglesia.

Esto es lo que dijo también Mons. Lefebvre en una homilía de 1982; el problema hoy en día para los católicos es asimilar el sufrimiento de la Iglesia, que en el fondo está asociado a los sufrimientos de Cristo. Si meditamos sobre la Pasión de Nuestro Señor estaremos mejor preparados para afrontar los sufrimientos de Su Iglesia, y nos evitará caer en el sedevacantismo. Parafraseando al P. Hesse, históricamente muchas herejías han surgido por no entender el sufrimiento de Cristo. Primero, los arrianos decían que no era posible que Dios padeciera como padeció Cristo en la Cruz, por lo que Cristo no era realmente Dios. Luego los maniqueos decían algo similar, pero llegaron a la conclusión inversa; Cristo era Dios pero no realmente humano, sino tan sólo de apariencia humana.


Hoy en día existen las mismas dos corrientes frente a la crisis en la Iglesia; ambas dicen que es imposible que la auténtica Iglesia de Cristo sufra como sufre hoy. Por un lado los sedevacantistas dicen que el Papa no es realmente el Papa, porque al ver sólo el lado humano y pecador de la Iglesia, capaz de los peores crímenes, blasfemias y corrupciones, pierden de vista el lado divino de la Iglesia. Es como decir que un hombre que sufrió así en una cruz no puede ser verdadero Dios. Por otro lado están los neo-católicos que cierran los ojos y hasta son capaces de negar la existencia misma de la crisis. Ellos creen no solamente en un super-dogma de la infalibilidad papal, elevada hasta el absurdo de que absolutamente todo lo que dice el Papa es Revelación Divina, sino en la impecabilidad papal, la creencia ridícula de que el Papa reinante es necesariamente un santo y por encima de cualquier crítica. Los neo-católicos dicen que el Papa es siempre infalible y impecable, porque al ver sólo el lado divino de la Iglesia, se olvidan de su lado humano. Es como decir que un Dios que sufrió así en una cruz no puede ser verdadero hombre.

NOTAS

[1] En su libro “Jesús de Nazaret”, Ratzinger (alias Benedicto XVI) va hasta límites insospechados para intentar justificar la teoría ecuménica de que no deberíamos procurar la conversión de los judíos, aludiendo a una cita de San Bernardo. Tergiversa completamente el sentido del texto del gran santo del siglo XII, que dice que los judíos son tan duros de corazón (como el faraón ante Moisés), porque Dios ha reservado su conversión para los últimos tiempos. De ninguna manera se puede extraer de la lectura de este texto que los judíos no necesitan convertirse, o que sería inapropiado anunciarles el Evangelio.

[2] Hablando de los modernistas en su encíclica Pascendi Dominici Gregis, San Pío X dice:
De aquí que tropecemos en sus libros con cosas que los católicos aprueban completamente; mientras que en la siguiente página hay otras que se dirían dictadas por un racionalista. Por consiguiente, cuando escriben de historia no hacen mención de la divinidad de Cristo; pero predicando en los templos la confiesan firmísimamente. Del mismo modo, en las explicaciones de historia no hablan de concilios ni Padres; mas, si enseñan el catecismo, citan honrosamente a unos y otros.

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