Cristo de la Luz

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viernes, 18 de noviembre de 2016

¿Medios de comunicación o máquinas de propaganda?


El uso de los medios de comunicación como propaganda es tan antiguo como el mundo mismo. Los faraones egipcios no disponían de los medios tecnológicos que tenemos ahora, pero eran capaces de comunicar a su pueblo la voluntad de ser adorados como dioses, mediante estatuas gigantes y jeroglíficos en los muros de sus palacios y mausoleos. Los emperadores romanos inmortalizaban sus victorias militares construyendo arcos de triunfo, igual que Napoleón siglos más tarde. Todos los imperios, desde la edad antigua hasta nuestros días, han sabido transmitir mensajes a su pueblo a través de medios muy diversos. Lo que ha cambiado no es la honestidad de los gobernantes, siempre tan proclives a engañar y mentir a su pueblo, sino la CAPACIDAD de éstos de engañar y mentir. Antaño los emperadores se conformaban con la obediencia de sus súbditos; con  la  amenaza de terribles castigos conseguían doblegar la voluntad del pueblo a su favor. Ni siquiera se imaginarían meterse dentro de sus cabezas para cambiar su forma de pensar, como se hace hoy. Tal y como cuenta George Orwell en su novel 1984,  la aspiración de los gobiernos totalitarios es cambiar a su pueblo DESDE DENTRO, y así controlar su alma. Por esta razón la cultura se ha convertido en un pilar fundamental del poder. La verdadera batalla en la política hoy en día no se libra con las armas, como fue el caso con las revoluciones del siglo XIX y principios del XX, sino con la propaganda.

Esto se vio por primera vez con el auge de los periódicos de tirada nacional a finales del siglo XIX. Los primeros en aprovecharse del poder del medio escrito a gran escala fueron los liberales, porque es sabido que "los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz". (Lucas 16:8) No se puede entender el retroceso paulatino pero imparable del catolicismo en los ámbitos intelectuales durante este siglo sin el fenómeno de los panfletos y periódicos anticlericales. La opinión pública de los pueblos poco a poco fue cayendo en manos de una élite que controlaba la prensa, hasta el punto que la Gran Guerra se puede considerar un producto de la propaganda belicista de las potencias en liza. Por ejemplo, el "Bryce Report" fue un informe encargado por el gobierno del Reino Unido y publicado en los periódicos principales en 1914, que detallaba los supuestos abusos contra la población civil en Bélgica, territorio ocupado por los alemanes. Tiene todas las marcas de la propaganda moderna; desde su inquina contra la nación enemiga, el uso del término despectivo "hunos" para referirse a lo soldados alemanes como si fueran bárbaros sin humanidad (es más fácil matar a monstruos que a otros seres humanos), y el falta del más mínimo rigor periodístico; posteriormente este informe ha sido totalmente descalificado por todos los historiadores serios como una colección descarada de exageraciones y mentiras. Pero logró lo que se proponía: mantener el ritmo de reclutamiento voluntario entre los británicos.

Dicen que la primera fatalidad en la guerra es la verdad. Esto ha pasado también en los tiempos recientes. Basta recordar las inexistentes armas de destrucción masiva en Iraq, el ataque de falsa bandera del 11 de septiembre en EEUU, y la demonización del régimen de Bashar al Assad en Siria. Los gobiernos mienten a sus ciudadanos, en connivencia con los medios de comunicación de masas, porque éstos están en poder de la misma élite que dicta órdenes a los políticos; es decir, las grandes fortunas internacionales. También se da el caso de que los medios necesitan los favores del estado, como por ejemplo el diario El País de España, que si no fuera por la ayuda constante de gobiernos de distinto color, habría cerrado hace años. Cuando se trata de un  medio estatal, como Televisión Española o la BBC, el servilismo de los periodistas es muy fácil de entender. Lo que no se entiende tanto es la docilidad con la que los ciudadanos tragan las mentiras de estos medios. Presa de una ingenuidad pasmosa, parece que no cabe en la cabeza de alguna gente la posibilidad de que su gobierno y los medios de comunicación pudieran engañarles. En el fondo, creo que se trata de UN DESEO de vivir en un mundo feliz, donde los poderosos son esencialmente buenos y donde los periodistas son incapaces de mentir.

Un buen ejemplo de cómo los medios presentan una realidad virtual a los ciudadanos, para esconderles la verdad, es lo que ha pasado recientemente con la campaña electoral en EEUU y la victoria de Donald Trump. Desde su aparición en la campaña por la candidatura republicana, los medios de comunicación se mofaron de Trump, tratándolo como si fuera un payaso. Dado que esta táctica no surtió los resultados deseados, al lograr Trump la nominación republicana (en contra del establishment de este partido), decidieron pasar de la mofa al insulto. Le llamaron todo lo peor que se puede decir de un político. Ya se sabe, cuando la prensa en bloque aplica la etiqueta "racista" a un político, es normalmente el golpe de gracia a su carrera. Sin embargo, con Trump esto tampoco funcionó. A pesar de tener prácticamente todos los medios de comunicación de masas en contra, creo que su campaña no sufrió tanto como cabría esperar, porque por fin mucha gente se ha despertado y se ha dado cuenta de que los medios, más que informar, quieren manipular a la población. La señal era clara: había que votar en contra de Trump, porque era racista, xenófobo, homófobo, islamófobo, etc. Gracias a los medios alternativos, principalmente en internet, creció el rechazo entre la gente corriente a este lavado de cerebros. Ver a esa vieja bruja Madonna ofrecer favores sexuales a cambio de votar a Hillary seguramente contribuyó significativamente a la victoria de Trump, igual que el vídeo vergonzoso de Robert de Niro, en que calificó al candidato republicano de "perro", "cerdo", "imbécil" y más lindezas, hasta diciendo que tenía ganas de darle un puñetazo en la cara. Es curioso como los progres siempre creen que poseen la superioridad moral, a pesar de caer más bajo de lo que haría jamás un votante de derechas. Mucha gente estaba ya cansada de los hipócritas de Hollywood y de la propaganda que emanaba de las grandes cadenas; cansada de tener que sentir y opinar lo que les mandaba la CNN y compañía. Así que decidieron acudir a fuentes alternativas, donde se les abrieron los ojos.

A menudo los medios son muy sutiles cuando quieren moldear las opiniones de sus víctimas (espectadores/lectores/oyentes). Pongo un ejemplo: la semana pasada, en la BBC el presentador Andrew Marr entrevistó a Marine Le Pen, líder del partido político francés, Front National. Antes de la entrevista soltó un pequeño discurso "excusándose" por la misma. Fue una actuación realmente notable:
Sé que esta mañana alguna gente está disgustada y ofendida por la entrevista con Marine Le Pen y porque la emitimos el domingo del Armisticio. Lo entiendo, pero...
Sin duda es mentira que la gente esté ofendida; es sólo una estrategia propagandística. Está mandando un mensaje subliminal a los espectadores acerca de la maldad del personaje que va a entrevistar, que en inglés se llama "virtue signalling". Con esta "advertencia" previa, consigue poner en contra a todos los espectadores atrapados por el hechizo de la corrección política. Ya da igual lo que diga la señor Le Pen, porque el público la ha reprobado de antemano.

Hace no mucho tiempo yo también creía en esa realidad virtual que me ofrecían los medios de comunicación de masas. Creo que empecé a desvincularme del hechizo a medida que notaba, tras mi conversión al catolicismo, un anticlericalismo virulento. Los programas de debate político eran donde más se notaba el sesgo anticlerical. Recuerdo perfectamente un debate en la BBC, líder indiscutido de la corrección política, también conocido como la British Brainwashing Corporation. Era justo antes de las elecciones generales en el Reino Unido de 2010. Habían reunido una representación de los principales partidos, sin UKIP, que por entonces aún no tenía mucha representación parlamentaria. Naturalmente se atacaron unos a otros desde el principio. Sin embargo, cuando el moderador hizo una pregunta sobre el Papa Benedicto XVI, todos, sin fisuras, le condenaron por "homofobia", expresando su rechazo absoluto a la doctrina y la moral católicas, hasta el punto de desear su encarcelación durante su próxima visita al país. Fue una especie de epifanía para mí, porque vi por primera vez que el sistema democrático era una gran farsa. Vi que no había cuatro partidos diferentes, sino uno solo, con diferentes etiquetas y todos eran del PARTIDO DE SATANÁS. Algo parecido ocurre aquí en España; de los cuatro grandes partidos, tres son liberales y el otro es abiertamente marxista. Ninguno defiende la moral católica, a pesar de que hay unos 6 millones de españoles que asisten a Misa cada domingo. Todos son abortistas, homosexualistas, y enemigos de la familia. Todos defienden el "derecho" a la blasfemia, a la pornografía, y todos están a favor de llenar el país de musulmanes. Vale, los ciudadanos marxistas estarían de acuerdo con estas posturas , pero ¿qué pasa con esos 6 millones de católicos? ¿Quién los representa? La respuesta es: NADIE. La élite ha decidido que el catolicismo debe morir, y sus títeres políticos y mediáticos actúan en consecuencia.

La victoria de Trump indica que el monopolio de las grandes corporaciones mediáticas, controladas por la élite, sobre la opinión pública está tocando a su fin. Los medios en internet escapan (de momento) del control estatal y en poco tiempo han reemplazado a los medios tradicionales como principal fuente de información de los ciudadanos. Las tácticas que tanto juego les han dado en el pasado a los guardianes de la corrección política, ahora no funcionan. Hace no mucho era fácil acabar con una figura pública; lo único que había que hacer era ponerle una etiqueta maldita. Por ejemplo, bastaba acusar a alguien de antisemitismo para hundir su carrera. Muchos recordamos cuando se aplicó este tratamiento a Mel Gibson; su vida personal y profesional quedó arruinada en poco tiempo. Ahora no es tan fácil, porque la gente se ha acostumbrado a esta jugada, como el niño que gritaba "lobo". Las primeras veces el truco funciona de maravilla, pero si se usa demasiado a menudo la gente termina dándote la espalda. Por fin, muchos se han  dado cuenta de que estos calificativos,- "racista", "antisemita", "xenófobo", "machista", etc.,- en realidad no significan nada, más allá de que la persona acusada no disfruta del estima del Sistema. En los telediarios hemos oído tantas veces el término peyorativo "de extrema derecha" aplicado a partidos patriotas, que sólo pretenden defender su herencia cultural, siempre en países mayoritariamente blancos. Sin embargo, si estos partidos son en países africanos o asiáticos, los llaman "partidos de resistencia" y hablan de ellos con la mayor aprobación posible. Movimientos populares contra la islamización de Europa, como The English Defence League o Pegida, son universalmente condenados en los medios de comunicación de masas, por ser "extremistas", "xenófobos" y "de extrema derecha". Pero la gente empieza a entender que las corporaciones mediáticas tienen una agenda oculta. Ahora muchos van más allá de estas etiquetas y buscan información menos sesgada en internet. Hace tiempo que un amigo me confesó:
Si los medios dicen que un personaje o un grupo es "de extrema derecha", es la mejor garantía de que me va a gustar.
Hay que romper el hechizo de la corrección política, reírse de la censura liberal y, sobre todo, buscar siempre la Verdad por encima de todo.



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