Cristo de la Luz

Cristo de la Luz

viernes, 24 de octubre de 2014

“Encuentre una razón”

Publicado el 28 de julio de 2014


El sábado 26 de julio el diario británico The Daily Telegraph publicó un artículo sobre un documento histórico, a mi juicio interesantísimo, que recientemente ha visto la luz. El documento en cuestión es una nota, perdida durante casi cien años y ahora encontrada en una caja llena de cañas de pescar, que detalla una reunión entre Jorge V, rey de Inglaterra, y su ministro de exteriores, Sir Edward Grey, el 2 de agosto de 1914, tan solo dos días antes de la declaración de guerra entre el Reino Unido y Alemania.

Esta nota no deja lugar a dudas sobre las intenciones del monarca británico; lejos de querer evitar la entrada de su país en la Gran Guerra, en la que un millón de sus súbditos perderían la vida, Jorge V ansiaba encontrar un pretexto para declarar la guerra a Alemania, que ya estaba luchando contra Francia. El rey dijo a su ministro que era “absolutamente esencial” ir a la guerra, para que Alemania no “dominara completamente este país”. Cuando Sir Grey contestó que aún no habían encontrado razón alguna para declararle la guerra a Alemania, el rey contestó: “encuentre una razón, Grey”.

Según Sir Cecil Graves, sobrino del ministro en cuestión, que tuvo una entrevista con el rey al poco de morir su tío en que el monarca le contó los detalles de su reunión del 2 de agosto de 1914, al día siguiente el rey recibió una carta privada del presidente francés, Poincaré, suplicándole ayuda en la guerra contra Alemania, y un telegrama del rey Alberto I de Bélgica, hablando de la violación de su país. Esto le bastó a Jorge V, por lo que rápidamente le comunicó a Sir Edward que ya no hacía falta encontrar ninguna razón. El 4 de agosto el Reino Unido declaró la guerra a Alemania, y como suelen decir, el resto es Historia.

¿Por qué escribo esto? Todos sabemos que se acerca el centenario de la Primera Guerra Mundial, y este año leeremos todo tipo de versiones sobre aquel trágico conflicto que costó la vida a muchos millones de personas. Pero lo que se suele omitir en un análisis de esta guerra es su causa. A pesar haber estudiado en detalle la Gran Guerra en el instituto, de haber leído libros sobre el tema, nunca se me quedó claro porqué las potencias europeas tuvieron que destruirse de esa manera tan absurda.
Tras leer el artículo sobre Jorge V y comentarlo con un familiar, he entendido que las guerras son inevitables en este mundo caído. La reacción de este familiar no fue para nada parecida a la mía,- una mezcla de estupor e indignación,- sino encogerse de hombros, diciendo “si es lo que había que hacer para dejar a Alemania en su sitio… No se podía permitir que se hicieran los amos del mundo.” A mi pregunta: “¿por qué el Imperio Británico podía ser el amo del mundo y Alemania no?”, no hubo respuesta. ¡El cinismo y la soberbia humanos verdaderamente no tienen límites!


Los católicos tenemos que recordar que existe toda una teología sobre la guerra justa. No somos pacifistas, pero tampoco podemos justificar cualquier guerra por una supuesta lealtad patriótica, que en realidad no sería más que chovinismo. Verter sangre humana es algo muy serio, y no se puede hacer simplemente porque al político de turno le conviene. Tiene que haber un claro casus belli para que un católico pueda aprobar una guerra y luchar en ella. ¡Y ojito con la maquinaria propagandística que trabaja día y noche para convencernos de lo que le interesa a la élite! La Historia nos enseña que para iniciar una guerra no hay nada más eficaz que un ataque de falsa bandera.
Con la cabeza despejada y con una información fiable hay que discernir en cada caso lo que es una guerra justa, y lo que no es más que un cálculo político para amasar mayor poder. En mi opinión, la Primera Guerra Mundial es un claro caso de una guerra injusta, que nunca tenía que haber ocurrido. Hubo muchas ansias de venganza en Francia, un imperialismo desbocado en Alemania, y miedo a perder su hegemonía mundial por parte del Imperio Británico. Los soldados, tanto de un lado como de otro, murieron en vano. Pudieron morir con honor, con valentía, pero como la guerra fue injusta desde el principio, murieron para nada.

Hoy en día poco ha cambiado, excepto los nombres de los protagonistas y la importancia relativa de los países. Los siervos de Satanás, bajo el paraguas del Nuevo Orden Mundial, siguen buscando la guerra para “reequlibrar” las balanzas del poder mundial. Obama ya lo intentó con Siria, pero fracasó. Ahora lo intenta con la guerra de Ucrania, pintando a Putin como el gran ogro al que hay que “dejar en su sitio”. Si por ahora no existe ninguna razón que justifique entrar en guerra contra Rusia, no dudo que un día de estos Obama le diga a su Secretario de Asuntos Exteriores, John Kerry: “encuentre una razón.”

Lo que ahora se llama “católico”

Publicado el 14 de julio de 2014, retirado a los pocos días, y posteriormente editado por un servidor para no causar problemas a nadie.


Algo va mal en la Iglesia, o como diría Shakespeare, algo huele a podrido en Dinamarca. Seguro que el calor sofocante del verano no ayuda a mantener la cordura, pero no se puede atribuir el desmadre eclesial sólo a factores externos y transitorios. Este fin de semana de julio he sido testigo involuntario del colapso de la fe católica, no sólo entre los “fieles” (ahora tristemente hay que usar esta palabra entre comillas), sino además en las instituciones llamadas “católicas” (aquí también son muy necesarias las comillas).

Empecemos por el sábado pasado, cuando iba en el coche, camino a una iglesia donde tenía que tocar en una boda. Puse la radio y logré sintonizar Radio María, una cadena de radio que se precia de ser verdaderamente “católica”. (Presiento que la tecla de las comillas en mi ordenador se va a desgastar mucho con este artículo). De la COPE casi no merece la pena ni hablar, porque, aunque siga siendo propiedad de la Conferencia Episcopal Española, ya ni finge ser una emisora católica; hay una presencia testimonial al mediodía, con el rezo del Angelus (muy abreviado, porque no hay que malgastar el tiempo en beaterías), pero nada más. En Radio María, sin embargo, están todo el día con el Santo Rosario, el Catecismo, la Santa Misa, etc.


Lo primero que escuché fue la noticia de una asamblea internacional de la Renovación Carismática que había tenido lugar en Madrid. Anunciaban que si quería los CD´s de las conferencias de un tal señor, sólo tenía que escribir a tal dirección postal. Pusieron extractos de dichas conferencias, y prometo que por un momento pensaba que la radio había saltado de frecuencia y estaba escuchando una radio protestante. El predicador, que naturalmente no era sacerdote, hablaba de manera idéntica a los predicadores protestantes evangélicos que desde hace unos años se han apoderado de las ondas; apelaba exclusivamente a los sentimientos, fingía una emoción desbordante, pero evitaba razonamientos teológicos, todo de una superficialidad y banalidad insoportables.

A las 16:00 tocaba el Compendio del Catecismo, con el Padre Íñigo Ugalde. Iban por el artículo 52, sobre la Creación:
52. ¿Quién ha creado el mundo?
El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son el principio único e indivisible del mundo, aunque la obra de la Creación se atribuye especialmente a Dios Padre.
Dado mi particular interés por este tema escuché con mucha atención. Empezó bien este sacerdote, diciendo que lo fundamental es que los católicos tengamos una visión bíblica de la Creación. Estoy absolutamente de acuerdo. El problema es que el P. Ugalde, a juzgar por sus palabras, tiene una visión que es todo menos bíblica, porque a renglón seguido empezó a hablar de “miles de millones de años”. Si tuviera la oportunidad de hablar con este sacerdote, que no conozco de nada, le haría la siguiente pregunta: Si, según usted, debemos tener una visión bíblica de la Creación, ¿de qué capítulo de la Biblia saca usted esos miles de millones de años? Evidentemente no los saca de ahí, porque no hay la más mínima referencia a periodos de tiempo tan abultados en las Sagradas Escrituras; más bien los días y los años están escrupulosamente contados, desde la Creación del Cielo y la Tierra, hasta el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, por lo que si nos ceñimos a lo que dice la Biblia, como nos aconseja el P. Ugalde, es imposible concluir que el mundo tenga a lo sumo más de 10.000 años. Tampoco saca esos miles de millones de años del Magisterio perenne de la Iglesia, ni de los escritos de los Padres o Doctores de la Iglesia. En flagrante contradicción con su anterior afirmación, los saca del evolucionismo, una falsa ciencia, una gran mentira del Demonio.

Al llegar a la iglesia donde era la boda, sentía un gran pesar por el estado lamentable de la principal radio “católica” en España. Pero ahí no acabaron mis sufrimientos. En el precioso templo, completamente restaurado y dotado ahora con aire acondicionado, gracias a los fondos casi inagotables de cierta fundación neo-católica, inmediatamente me llamaron la atención las sillas en la nave, donde en todas las iglesias de España hay bancos con reclinatorios. Estas sillas parecían muy cómodas, y no dudo que costaron un buen dinero. El problema es que al sustituir los bancos con reclinatorio tradicionales por sillas de lujo, el que asiste a Misa y quiere arrodillarse tiene la impresión de estar haciendo algo fuera de lugar. Esto no supone ningún problema para los kikos que frecuentan el templo,  ya que es conocida la adversión de este movimiento a doblar la rodilla ante Dios, pero para los demás católicos puede ser como mínimo un incordio.

Para colmo de males, no había tabernáculo en el templo, al menos yo no lo encontré; creo que en algún rincón escondido había una “capilla del Santísimo”. Esto debe ser muy útil para la fundación neo-católica a la que ya me he referido. Ahora pueden organizar todo tipo de eventos en el templo,- conciertos, conferencias, entregas de diplomas, etc.,- sin temor a cometer un sacrilegio. Han convertido una iglesia católica en una especie de salón multiusos. ¡Es realmente maravilloso darse cuenta de lo que se puede lograr cuando uno quita a Dios de en medio! ¡Cuánta visión empresarial! ¡Cuánto pragmatismo! Al estar cómodamente sentados en sus sillas de lujo, con el frescor del aire acondicionado, estoy seguro de que todos los asistentes a la boda disfrutaron del espectáculo (sí, he escrito espectáculo); los chistes del cura eran bastante graciosos; las chicas que desfilaron por el altar haciendo las lecturas, vestidas de Nochevieja, estaban de muy buen ver, aunque sus trajes dejaban poco a la imaginación; todos aplaudieron con entusiasmo el beso de los novios; y la música con la que amenizamos la ceremonia era bonita (aunque no esté muy bien que lo diga yo). Me pagaron por mi trabajo y me largué de ahí con un cabreo monumental.

El día siguiente, domingo, acudí a la iglesia donde se ofrece habitualmente la Misa Tradicional, con tiempo para confesarme. Cuando llegué ví que con el cambio al horario veraniego, justo antes de la Misa Tradicional había una Misa “normal”. Otra vez uso las comillas, porque lo que para la mayoría de católicos se ha convertido en normal, a mí me resulta absolutamente insoportable. Para confesarme no valían los susurros a los que estoy acostumbrado. Casi tuve que gritar para hacerme oír por encima del jaleo de los católicos “normales”, en su Misa “normal”, haciendo lo que “normalmente” se suele hacer en la Casa de Dios: saludarse ruidosamente, gritar, cotillear, mientras los niños juegan al pillao. Se podía hacer de todo, menos lo que estaba intentando hacer: rezar. ¡Menuda ocurrencia! dirían los católicos “normales”. ¡Rezar en una iglesia antes de la Misa! No es ni el lugar ni el momento apropiado. A punto estuve de levantarme y echar a patadas a los católicos “normales”, y creo que si no lo hice fue por respeto al sacerdote que tenía que decir la Misa, al cual le hubiera puesto en un aprieto.

Esa misma tarde me enteré de unas palabras del Papa Francisco que producirían zozobra, si no fuera porque ya estamos curados de espanto. Un amigo me mandó  a un artículo de un “pastor” evangélico, hablando sobre un almuerzo que compartió con Francisco. Según este señor, entre otras lindezas, Francisco le comentó lo siguiente:
No estoy interesado en convertir a los Evangélicos al Catolicismo. Quiero que la gente encuentre a Jesús en su propia comunidad. Hay tantas doctrinas en las cuales nunca estaremos de acuerdo. No gastemos nuestro tiempo en ellas. Más bien, tratemos de mostrar el amor de Jesús.
Sería difícil de imaginar una traición más directa del divino mandato de Mateo 28:19, en que el Señor dijo a sus apóstoles: id y haced discípulos de todas las naciones. Antes de que los neo-católicos salten y aleguen que todo puede ser una fabricación malintencionada, debo aclarar que no tengo razón alguna para sospechar que los protestantes que estuvieron en ese almuerzo fatídico en el Vaticano estén mintiendo. Todo lo contrario; estas palabras cobardes e indignas de cualquier católico, no digamos ya de un Vicario de Cristo, son plenamente coherentes con otras muchas que ha pronunciado Francisco durante su pontificado. Por ejemplo, me viene a la mente la entrevista con el ateo, Eugenio Scalfari, a quien comentó que el proselitismo era una “solemne bobada”.

Francisco y el tele-evangelista, James Robinson, chocan esos cinco durante un almuerzo en el Vaticano.
Los medios de comunicación “católicos” oficialistas (me refiero sobre todo a los que ganan algo de dinero; no como Tradición Digital, que lejos de ser negocio, nos cuesta dinero) tendrán que adoptar una de dos posturas frente a este nuevo desaguisado de Francisco; o lo ignorarán por completo; o intentarán edulcorar lo que es efectivamente una declaración de apostasía. Los “expertos” de periódicos, plataformas digitales y cadenas de radio, nos explicarán “lo que Francisco realmente quería decir”. Es de admirar como esta gente, para quienes el Papa nunca puede equivocarse, ni en el color de su pijama, tiene la capacidad de leer la mente del Santo Padre. Pero como yo, pobre pecador que soy, aún no he desarrollado esa facultad sobrenatural, me tengo que limitar al sentido literal de las palabras. Si dice Francisco que no le interesa convertir a los protestantes, me tengo que creer que no le interesa convertir a los protestantes, y punto. Y es muy triste que un Papa diga algo así.

Realmente uno no debe sorprenderse de que la radio “católica”, una fundación “católica”, y los templos “católicos” hayan dejado de ser auténticamente católicos, si pensamos que, como advirtió la Virgen en Fátima, la apostasía viene de arriba. Leyendo las palabras de Francisco, sin vendas en los ojos, sin buscar excusas rocambolescas de porqué dijo lo que dijo, se entiende porqué la Iglesia está en plena descomposición. Desde hace más de 50 años, el que está al timón está desorientado y toda la barca va a la deriva.

La felicidad y la belleza

Publicado el 19 de junio de 2014


Meditando sobre una homilía hermosa que tuve ocasión de oír el domingo de la Santísima Trinidad, pensé en qué es lo que realmente hace feliz al hombre. En este mundo, que al margen de sus atractivos es un valle de lágrimas, ¿qué nos hace feliz, aunque sea durante un instante? Si podemos averiguar lo que nos hace felices aquí abajo, quizás nos ayudará a perseverar en el camino hacía el Cielo, donde seremos plenamente felices para toda la Eternidad. Creo que todo atisbo de felicidad pasajera en esta vida es un reflejo de la felicidad eterna del Cielo. Claro, cada uno tiene su versión del Cielo; cuánto más terrenal sea la persona, menos trascendente es su idea del Cielo. Por eso los musulmanes imaginan que el Paraíso consiste en un jardín lleno de frutas exóticas y un harén de vírgenes para su disfrute carnal. De la visión beatífica sólo hablan los sufíes, una rama del Islam que siempre ha sufrido persecución a manos de los fieles seguidores de Mahoma.

Nuestro Señor dijo claramente que Él había venido para que tuviéramos “vida en abundancia”. Quiere nuestra felicidad. El problema es que confundimos felicidad con nuestras apetencias, que son malas por culpa de la concupiscencia y nuestra tendencia al pecado. Para saber qué es la felicidad, y para distinguirla del mero placer o una sensación animal de bienestar, propongo reflexionar sobre los momentos que nos hemos sentido felices. Personalmente puedo decir que las veces que me he sentido realmente feliz han sido cuando me he olvidado completamente de mí mismo. El placer, que en sí es bueno, es algo que asociamos con el Paraíso, pero el placer tiene dos limitaciones: nos conduce siempre hacía nosotros mismos y es exclusivo del cuerpo. Creo que la clave es que la felicidad va unida a la Contemplación (con mayúscula), porque en el Cielo no haremos otra cosa que contemplar y alabar gozosamente a Dios en su infinita belleza. La Contemplación, como saben los místicos, es la forma más elevada de oración. Es retener en el alma algo de la perfección divina y olvidarse de uno mismo. Yo he tenido pocos arrebatos místicos en mi vida, porque soy muy pecador y me queda mucho aún que me ata a la tierra. La oración contemplativa me cuesta horrores; siempre se me va la mente con todo tipo de distracciones. Sin embargo, me atrevo a decir que la contemplación (sin mayúsculas) de algo bello es una buena forma de alcanzar momentos de felicidad.

Como todo lo bello es un reflejo de la belleza de Dios, la felicidad plena sólo se logra contemplando directamente a Él. Mientras que los ratos de felicidad que nos proporciona la contemplación de lo bello aquí abajo son muy efímeros, la felicidad de los santos, los que ya gozan de la visión beatífica en el Cielo, es una felicidad que no acaba.


Mis momentos de felicidad contemplativa se pueden dividir en varias categorías, que a continuación explicaré. Primero, está la contemplación de la belleza artística, especialmente la música, el arte más sublime por tener menos vinculación con la vida terrenal. Alguien dijo que en el Cielo no hay ruido, sino solamente silencio y música, y que el Infierno es un lugar lleno de un ruido espantoso. Los ángeles cantan día y noche las glorias de Dios, como nos relatan las Escrituras, por lo que estoy seguro que la buena música es algo que agrada a Dios. He tenido experiencias casi místicas mientras escuchaba las obras maestras de los grandes compositores. Recomiendo algunas de mis favoritas, con sus enlaces, aunque esto daría para varios artículos más:
Sobre gustos no hay nada escrito, así que algunas de estas piezas gustarán más que otras, pero pienso que si mis lectores no encuentran una belleza sublime en al menos uno de los videos, será señal de que su alma está atrofiada. Con la basura que hoy en día pasa por música no es de extrañar que mucha gente es ahora incapaz de apreciar la belleza cuando la oye. Muchos tienen el oído contaminado por lo que yo llamo la anti-música, que no es más que un ruido rítmico diseñado para estimular los bajos impulsos. Si a este ruido añadimos el estímulo visual de mujeres ligeras de ropa, contorsionándose de manera indecente y la letra muchas veces inmoral de las canciones, tenemos el cocktail ideal para los fines del Imperio; subyugar a los jóvenes en el vicio y la superficialidad, y así crear “ciudadanos” fácilmente maleables. Pero eso también es un tema para otro artículo.

La buena música tiene el efecto contrario; eleva el alma y la predispone para recibir la Verdad. Evidentemente no todos los músicos son católicos ortodoxos (¡ojala!), pero si no lo son es por otras razones. Tengo muy claro que un violinista que toca en una orquesta o un pianista (no digamos nada de los organistas, los que más se acercan al Cielo) tienen una ventaja espiritual considerable respecto a una persona que no ha cultivado una sensibilidad estética. Huelga decir que los que tienen la sensibilidad estética deformada por la anti-música tienen un flanco abierto por donde Satanás puede atacar. En la misma medida en que el gusto por lo bello allana el camino hacía Dios, un gusto por lo feo es señal de una predisposición al pecado.

La inocencia de los niños es hermosa.
El segundo tipo de contemplación que me ha dado momentos de felicidad es cuando observo a mis hijos. En el día a día, con las prisas y los problemas cotidianos, es difícil de tener la oportunidad de apartarse y mirarlos desde fuera. Cualquiera que tiene o ha tenido niños pequeños sabe de lo que hablo; “fulano me ha quitado no-sé-qué”, “mengano me ha pegado”, “tengo sed”, “papá, límpiame el culo”, etc. Pero en los ratos que no necesitan que les resuelva un problema acuciante y no hay que estar con los cinco sentidos puestos en que nadie se mate, puedo contemplar la belleza de las criaturas que Dios ha hecho. Creo que los niños nos gustan tanto porque aún conservan su inocencia, están menos estropeados por el pecado. Por decirlo de otra manera, la huella del Creador es más evidente en ellos, porque están recién salidos de Su mano. El tercer tipo de contemplación que me ha dado momentos de felicidad es la de la naturaleza. Como dice el salmista, los Cielos proclaman la gloria de Dios. San Pablo dice a los romanos:
Porque todo cuanto de se puede conocer acerca de Dios está patente ante ellos: Dios mismo se lo dio a conocer, ya que sus atributos invisibles, su poder eterno y su divinidad se hacen visibles a los ojos de la inteligencia, desde la creación del mundo, por medio de sus obras. Por lo tanto, aquellos no tienen ninguna excusa. (Romanos 1:19,20)
La existencia de Dios es evidente para cualquiera que tenga el corazón limpio y contempla un paisaje como este:

El Valle de Ordesa, Pirineo aragonés.


Esto es naturaleza en estado puro, una belleza sobrecogedora, y puedo asegurar que el efecto es muchísimo más fuerte in situ. Recomiendo a todos los que tengan amigos o familiares ateos que se los lleven al Valle de Ordesa, porque es muy posible que ahí se curen de su delirio. No es posible que tanta belleza sea fruto del azar. Hay una variedad casi infinita de colores; los picos rocosos majestuosos contrastan con los bosques de pinos, el río cristalino con las praderas llenas de flores silvestres. El paisaje inspira reverencia y hasta temor de Dios; hace que el hombre se sienta como lo que es: nada, en comparación con Dios. Ante esta panorámica la única reacción posible es: ¿quis ut Deus? (¿quién como Dios?). El hombre es capaz de crear cosas de gran belleza, pero en comparación con la obra del Creador no son más que baratijas.

Cuando el hombre vive en armonía con la naturaleza deja una huella que endulza el paisaje. Se puede ver como una metáfora de la cooperación del hombre con la gracia divina; la obra del hombre, en armonía con la del Creador, es bella y da gloria a Dios. Esta imagen de la campiña inglesa es un buen ejemplo :


Lo que se ve no es naturaleza en estado salvaje, sino el resultado del matrimonio entre Dios y el hombre. El terreno está dividida en prados para el pasto del ganado y para el cultivo de alimentos. Hay caminos que cruzan el paisaje, junto a los cuales crecen filas de árboles, y las casas de los agricultores se funden con el entorno. El resultado estético es muy bello; una belleza tranquilizadora, sosegada. El hombre “domestica” la naturaleza para su provecho, pero sin causarle perjuicio, igual que domesticamos animales para que trabajen para nosotros, o simplemente para que nos hagan compañía. Sin embargo, cuando el hombre vive de espaldas a la naturaleza, como suele suceder en la era moderna, su huella afea el paisaje, como en esta imagen de la ciudad de Tokyo, cuya area metropolitana tiene una población de 36 millones de habitantes, un verdadero infierno de hormigón y acero:


Las ciudades modernas, en mi opinión, son una metáfora de como el hombre ha dado la espalda a Dios, para centrar su vida en una ganancia puramente material. Hay cada vez más personas que viven y mueren en ciudades monstruosas, sin ver jamás un prado, un bosque, una montaña. Nunca ven un paisaje impoluto, ni disfrutan de la paz y el silencio de un entorno natural. Lo típico de las ciudades es el ruido, la suciedad, las prisas y la delincuencia. Paradógicamente, junto a la masificación que se da en las ciudades, sus habitantes se sienten solos y aislados entre sí. Los vecinos que viven puerta con puerta no se conocen. Los ancianos que mueren en sus casas a menudo se quedan ahí hasta que la policía derriba la puerta porque alguien se ha quejado del mal olor. El Sistema quiere que todos estemos apiñados en ciudades feas y malolientes, y lo consigue asfixiando económicamente a los que viven en el campo. El éxodo rural va de la mano con el olvido de las tradiciones, el debilitamiento de la identidad de los pueblos y una pérdida de las buenas costumbres morales. Para el pueblo cristiano el éxodo rural con la industrialización ha desembocado en una pérdida de la fe. Hoy en día si quieres encontrar un lugar en España donde todavía se conserva la fe católica, hay que ir a los pueblos más rurales y remotos.

Por esta razón, al principio del siglo XX en Inglaterra surgió el movimiento Back to the Land,  (Vuelta a la Tierra), inspirado por la predicación de un sacerdote dominico, Vincent Mcnabb. En otra ocasión prometo escribir un artículo entero sobre este movimiento, que fue truncado por la Segunda Guerra Mundial, y luego por el desastre conciliar, pero que en nuestro tiempo es más relevante que nunca. Hoy el Padre Mcnabb está prácticamente olvidado, pero fue muy admirado en su época. Hillaire Belloc, un gran amigo suyo, estaba convencido de que era un santo y G.K. Chesterton dijo que era uno de los pocos grandes hombres que había conocido. Pienso que es un hombre que todos los católicos deberían conocer, porque fue un auténtico profeta. En los años ´20 denunciaba el peligro que suponía para las familias católicas el estilo de vida urbana y animaba a las familias a huir de la ciudad para salvar sus almas. Vivió la mayor parte de su vida en las grandes urbes que tanto odiaba, especialmente Londres, que apodaba Babilondoni, y se desgastó ayudando a los más pobres, las víctimas de la industrialización y lo que él llamaba la usura al servico de Mamón. Juró quedarse en las ciudades, que consideraba la antesala del Infierno, para socorrer a los que no podían huir al campo.

El Padre Vincent Mcnabb, un profeta de los tiempos modernos, hoy olvidado.
Por último, tras irme por las ramas (como suele pasar), me toca hablar de la belleza de la Santa Misa. Es ahí donde he podido vislumbrar lo que será el Cielo (Dios quiera que llegue un día). La Misa Tradicional, a diferencia del Novus Ordo, refleja perfectamente el Sacrificio de Nuestro Señor en el Cavario, y pone delante de nuestros ojos todos los misterios de nuestra Santa Religión. A lo largo de los siglos el hombre ha creado obras de increíble belleza para realzar la belleza sublime del Santo Sacrificio de la Misa. No sólo me refiero a las iglesias y catedrales como obras arquitectónicas, sino también a la imaginería, la orfebrería de los retablos, los cuadros y frescos que adornan los templos, los vestimentos que llevan los ministros sagrados y por supuesto la música sacra. Todo contribuye a elevar el alma hacía Dios y unirse espiritualmente al Sacrificio que ofrece el sacerdote en la Misa; esa es la auténtica participación de los fieles en la Misa, no “hacer cosas”, como lo interpretan los modernistas. Dijo el Padre Faber que la Santa Misa Tradicional era la cosa más bella a este lado del Paraíso.

Cualquiera que tenga un mínimo de sentido estético se da cuenta de que la Misa Nueva está rodeada de fealdad. Por algo será, digo yo. Los templos que se han construido desde el Concilio Vaticano II son en su inmensa mayoría horriblemente feos. La música que se interpreta en las “celebraciones eucarísticas”, como ahora llaman la Santa Misa, es igual de fea. Se ha introdicido en el repertorio litúrgico un estilo propio de la anti-música, que propicia el baile y el jolgorio en lugar de la oración. Todo conspira para banalizar la Misa, cuyo nuevo rito ya es bastante banal de por sí. Los curas cuentan chistes en las homilías, hay bailes y hasta espectáculos de teatro para “amenizar” la celebración, los fieles se saludan ruidosamente en el gesto de la Paz, mientras que Nuestro Señor está sobre el altar (perdón, mesa). Ya nadie se esmera en ir bien vestido para asistir a semejante espectáculo; si ni siquiera el cura se viste como cura… En vez de elevar a los fieles hacía lo sagrado, rebaja lo sagrado al nivel del mundo. Han democratizado la Misa para que nadie se sienta excluído, pero el resultado ha sido que ya casi nadie se molesta en ir.


La solución es rechazar la fealdad y volver a lo bello, porque donde está la Belleza ahí estará la Bondad y la Verdad. Es decir, ahí estará Dios.

La lógica del Cardenal Kasper

Publicado el 4 de junio de 2014


Lo que se está cociendo en la Iglesia con el tema del matrimonio es sumamente preocupante. En octubre de 2014 los obispos se reunirán en el Vaticano en un sínodo extraordinario sobre la familia. Todos deberíamos estar de rodillas ante el Señor, pidiendo que dicho sínodo sirva para restaurar la salud de las familias católicas en todo el mundo, que desde hace décadas sufren ataques cada vez más virulentos. Un rebrote de salud moral y espiritual entre las familias católicas es lo que cualquier católico sincero desea. ¡Cuánto nos gustaría poder decir que los católicos han dejado de divorciarse, que los novios que se casan por la Iglesia lo hacen con la intención de estar abiertos a la vida, que las familias católicas vuelven a ser los semilleros inagotables de vocaciones religiosas de antaño! Sin embargo, si soy realista, a juzgar por las declaraciones que leo, tengo que temer lo peor. Si mis temores se confirman, el sínodo no sólo no servirá para socorrer a la moribunda familia católica, sino que empeorará aún más (si cabe) la situación. Dios no lo quiera, pero la cosa pinta muy mal.


Analicemos un poco el panorama. Los males que dañan la familia católica hoy en día son principalmente una deficiente preparación moral y espiritual para el matrimonio, que lleva inevitablemente a posteriores adulterios, que a su vez conducen al divorcio y finalmente a segundas nupcias ilícitas y familias completamente desgarradas. Todos estos males se deben a una cosa: la falta endémica de castidad en las sociedades hedonistas, que han dado la espalda a Dios y Sus Mandamientos. Si los obispos buscan romper el círculo vicioso (nunca mejor dicho) en que las familias católicas están atrapadas, deberían predicar sobre la virtud de la castidad y poner todos los medios posibles para asegurarse de que los jóvenes se eduquen en la castidad desde la más tierna infancia. Es el único antídoto para la epidemia de divorcio que asola el mundo hoy en día.
Pero, ¿es esto lo que tienen pensado hacer los obispos en su sínodo? En una entrevista del 7 de mayo con la revista Commonweal el Cardenal Kasper, este favorito de Francisco, afirmó varias cosas al referirse al matrimonio cristiano, que dejan entrever por donde van los tiros. Ofrezco algunas perlas de sabiduría teológica del cardenal. La Iglesia no está en contra del control de la natalidad… Se trata del método de control de la natalidad. Esa vieja idea católica de recibir amorosamente todos los hijos que Dios quiera darte parece que pasó a la historia.


Hablando de parejas que se han vuelto a casar y viven “como hermanos”, dijo: Tengo mucho respeto por esa gente, pero imponer eso es otra cuestión. Yo diría que hay que hacer lo posible en cada situación. Como seres humanos no siempre podemos hacer lo ideal. Debemos conformarnos con lo mejor en cada situación. Eso es un acto heroico, y el heroismo no es para el cristiano corriente. ¡Ahora nos enteramos de que la fidelidad en el matrimonio es un acto “heroico”, no apto para los católicos corrientes!


Aparte de estas barbaridades, afirmó una cosa extraordinaria: el Papa Francisco piensa que la mitad de los matrimonios sacramentales son inválidos. ¿Hasta qué punto podemos saber si esto es realmente lo que piensa Francisco? No lo sé, pero si un súbdito mío hablara en mi nombre, diciendo disparates, yo no tardaría un instante en salir a la palestra para corregir el error, aparte de reprender al culpable. Si ya ha pasado un mes y el Papa no ha dicho “esta boca es mía”, yo me inclino a pensar que es cierto lo que dijo Kasper. La otra posibilidad es que, aunque Francisco no piense así, le da lo mismo todo el asunto, y disfruta con este juego de confusión doctrinal entre los fieles. Creo que esta posibilidad da incluso más miedo que la anterior.

El Cardenal Kasper
Analicemos un poco esta afirmación atribuida al Papa. Oír de la boca de su teólogo predilecto que la mitad de los matrimonios sacramentales son inválidos es algo difícil de digerir para un católico. Para hacerse una idea de lo que significa, sería como si un día el Ministro de Justicia anunciara que según el Presidente del Gobierno la mitad de las sentencias judiciales en el país son nulas. Decir una cosa así y quedarse tan pancho es señal de tener la cara más dura que el hormigón armado. Si dijera algo parecido un ministro, si no fuera cesado de inmediato, causaría auténtico pavor entre la población, porque si la mitad de las sentencias judiciales son nulas significaría que en la práctica no existe la Justicia. Nadie se fiaría de lo que dijera un juez, acatar una sentencia o no sería meramente cuestión de conveniencia, y todo el sistema se vendría abajo. Se socavarían las bases de la convivencia pacífica; sin ley no puede haber orden y paz. Algo parecido ocurre con la familia; si los hombres y mujeres que pasan por el altar no pueden saber ni siquiera si están realmente casados, habrá que decir adiós a la familia católica. Si es cierto que la mitad de los matrimonios son nulos, todo se relativiza hasta el absurdo; si un hombre no puede saber que la mujer con la que vive es su esposa a ojos de Dios, ¿para qué serle fiel?

Además, se supone que es el Papa quien gobierna la Iglesia. Si realmente piensa Francisco que la mitad de los matrimonios católicos son nulos por defecto de forma o por incapacidad de los contrayentes, debería reformar de manera drástica la preparación para recibir el sacramento. Sin embargo, lejos de poner orden, la tendencia es hacía cada vez mayor laxitud en el discernimiento y los cursillos pre-matrimoniales. Si, según Francisco, los novios llegan al altar sin tener la más mínima idea de lo que hacen, ¿de quién sería la culpa en última instancia? No sería solamente porque el cura de la parroquia es negligente, o porque los que imparten la catequesis son incompetentes. Sería porque desde arriba durante décadas se ha hecho la vista gorda a una situación lamentable. No se ha predicado la verdadera doctrina íntegra sobre el matrimonio, se ha permitido que todo tipo de herejes deformen las conciencias de los jóvenes respecto al matrimonio, y las exigencias tradicionales en relación a la castidad, el pudor en el vestir y el dominio de sí, se han silenciado.

En un artículo cuya finalidad es socavar las bases doctrinales de la indisolubilidad matrimonial y así despejar el camino para la comunión de los divorciados que se han vuelto a casar (es decir, los católicos que viven en un estado objetivo de adulterio), el Cardenal Kasper recalcó que “sería una tontería negar la indisolubilidad del matrimonio sacramental”. No porque él cree en esa verdad revelada, sino porque ir de frente no es el modus operandi de los modernistas. Ya advirtió San Pío X que los modernistas son criaturas con más de una cara; cuando conviene afirman la doctrina tradicional, pero a renglón seguido la cuestionan con una sutileza diabólica.

A pesar de que él no niega la indisolubilidad del matrimonio, ni propone un reforma de los Diez Mandamientos para que el adulterio deje de considerarse un pecado mortal, Kasper da esta razón a favor de una nueva pastoral “más misericordio” hacía los divorciados que se han vuelto a casar: si tantísimos matrimonios contraidos por la Iglesia son inválidos, su anulación es una mera cuestión burocrática. Prohibir a los católicos la comunión porque carecen de un papelito expedido por el tribunal correspondiente es demasiado severo, y por tanto bastaría con que un sacerdote que conoce a las personas implicadas evalúe su caso individualmente para admitir a los divorciados que se han vuelto a casar a la comunión. Es decir, nulidades exprés, sin necesidad de pasar por un tribunal, sin investigaciones, testimonios, papeleos ni gastos.

Este proceder, si se lleva a aprobar en el próximo sínodo, sería un auténtico desastre pastoral. Si empiezan a levantar la mano para casos “excepcionales”, terminarán por convertir la Eucaristía en barra libre. Pero sospecho que esa es precisamente su intención, porque ha sido la táctica que han utilizado los modernistas desde que se hicieron con el mando en el Concilio Vaticano II. La revolución litúrgica se introdujo de forma subrepticia con la mentira de excepcionalidad. Lo vimos con el uso de la vernácula en la Misa, la comunión en la mano, y los ministros “extraordinarios” de la Eucaristía (que de “extraordinarios” tienen nada más que el nombre). Si en el terreno de la disciplina se establece que “excepcionalmente” se puede comulgar, a pesar de vivir en adulterio, será el fin de la moral católica.

¿Con qué cara podrán exigir que se abstengan de comulgar los pecadores que simplemente se quedaron en casa un domingo, si permiten comulgar a los adúlteros? La prohibición de comulgar si el individuo se encuentra en pecado mortal quedará en agua de borrajas. Las implicaciones prácticas son espeluznantes. Hoy en día muy pocos católicos hacen caso a la moral de la Iglesia; por ejemplo, la inmensa mayoría de los casados usan métodos anticonceptivos, a pesar de que en teoría es pecado. El problema es que, con esta iniciativa de dar la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar, se cambia la teoría. Se cambia la moral de la Iglesia para adaptarla al gusto del mundo moderno. Sería una rendición en toda regla. Además, daría un nuevo sentido al pasaje de la “iglesia adúltera” del Apocalipsis.
Le he dado tiempo para que se arrepienta, pero no quiere dejar su prostitución. Por eso ahora la voy a arrojar a un lecho de dolor y también enviaré una prueba terrible a los que cometen adulterio con ella, a no ser que se arrepientan de sus maldades. A sus hijos los heriré de muerte; así entenderán todas las Iglesias que yo soy el que escudriña el corazón y la mente, dando a cada uno según sus obras. Ahora escúchenme los demás de Tiatira que no comparten esa doctrina: no los heriré a ustedes que no han conocido sus «misterios», como ellos dicen, que son los misterios de Satanás. (Apocalipsis 2:21-24)
Yo lo tengo claro, no quiero pertenecer a esa iglesia adúltera.

Reflexiones sobre las elecciones

 Publicado el 26 de mayo de 2014


Tras el batacazo de los partidos llamados “patriotas” y los partidos de inspiración cristiana en las elecciones de ayer, 25 de mayo de 2014, he llegado a la siguiente conclusión: el pueblo español no quiere lo que le conviene.

Es la situación más triste que puedo imaginar. Mejor sería ver al país gemir bajo la tiranía de una fuerza invasora cruel, como durante la ocupación de los franceses a principios del siglo XIX. Al menos quedaría la esperanza de una gesta heroica como el 2 de mayo, cuando el pueblo se levantó en armas contra su opresor. Sin embargo, ahora es el mismo pueblo que pide a su verdugos que tensen un poquito más la cuerda de la horca, si son tan amables.


España está moribunda, pero en lugar de someterse a una operación in extremis para salvarse, en lugar de tomarse la medicina amarga que quizás la curaría, se empeña en seguir por el mismo camino suicida. Y los políticos que operan bajo el lema “el votante siempre tiene razón”, están encantados de seguir proporcionándole la droga que pide a gritos.  Así funciona la democracia; es tan sencilla como la ley de oferta y demanda. ¿Qué demandan los ciudadanos? ¿Decencia en todos los ámbitos de la vida pública? ¿Respeto a la vida humana? ¿Una sociedad sometida al suave yugo de la ley cristiana? Desde luego que no. Pues, si no demandan estas cosas, los políticos, que son comerciantes del voto, no las ofertan.

Lo que quiere el pueblo español: populismo neo-marxista
El fallo esencial de la democracia, a mi juicio, es este; un político en democracia se preocupa ante todo por los votos, porque depende de ellos para llegar al poder y mantenerse en él. Preocuparse por decir siempre la verdad a los ciudadanos, por buscar el bien común, son costumbres que ningún beneficio le reportan. Cuando un político miente de manera flagrante y queda demostrado públicamente, el único castigo al uso es retirarle el voto. Pero los políticos saben muy bien que el pueblo tiene la memoria corta y está demasiado ocupado con Gran Hermano, la enésima copa del Madrid, y demás estupideces como para importarle unas cuantas mentiras de hace tiempo. ¿Este me promete que saldremos el año que viene de la crisis? Pues le voto.

En un régimen monárquico, donde gobierna un hombre sin tener que mendigar votos al pueblo, es cierto que pueden fallar muchas cosas. Puede existir corrupción, el líder puede ser inepto, deshonrado, dejarse aconsejar por malas inflencias, y tomar todo tipo de decisiones equivocadas. Ahí está la Historia. Sin embargo, es indudable que cuando un monarca, un general o quien sea, está al mando de un país que no está sometido por poderes externos, por muy mal gobernante que sea, tiene capacidad de tomar decisiones pensando en el bien de su pueblo. Esto es algo absolutamente ajeno a un político español, que toma decisiones pensando en su beneficio personal, en el de su partido, y como máximo en el bien del sistema. Nunca pensará en el bien de España ni pensará en cuál es la voluntad de Dios.

Si esta última consideración suena a chiste en el contexto cochambroso de la política actual, hay que recordar que los grandes gobernantes de la Historia de España la han tenido siempre como máxima prioridad. Isabel la Católica, Carlos V o Felipe II gobernaron buscando en todo momento la voluntad de Dios, aconsejándose por hombres de Iglesia de renombrada doctrina y santidad. Podemos añadir a la lista de ilustres gobernantes que han buscado la voluntad de Dios en sus decisiones a Francisco Franco, quien no sólo salvó España de las hordas comunistas, sino que durante sus 40 años de gobierno impuso una paz duradera, trajo el progreso económico y fomentó el desarrollo social y cultural del país.
Caudillo de España por gracia de Dios
Franco pudo tomar decisiones pensando más allá de unas elecciones dentro de tres años. Podía tomar decisiones, para bien o para mal, pensando en el largo plazo, en lo que convenía a España. Y todo lo hacía sabiendo que tendría que darle cuentas a Dios a la hora de su muerte. No es lo mismo saber que comparecerás ante el tribunal de Jesucristo, que creer que “toda soberanía emana del pueblo”, como creen los políticos apóstatas de la casta actual. Ellos se ríen del pueblo, engañan al pueblo (que se deja engañar), y se aprovechan del pueblo para vivir cómodamente. Podrán reírse del pueblo, pero de Dios nadie se mofa. Cada uno cosecha lo que siembra. (Gálatas 6:9)

Todos parecen estar contentos con esta situación penosa. El pueblo y la casta política han suscrito una especie de pacto no escrito; el primero le dice a la casta: “no me obligues a tomarme la medicina y yo te mantendré en la poltrona. No me recrimines mis pecados ni me exhortes a reformarme, y yo no te pediré cuentas.” La casta responde: “nunca te faltará droga mientras yo estoy al mando. Prometeré muchas cosas que luego no cumpliré, pero entre unas elecciones y otras se te olvidará.” Los políticos españoles son parásitos, chupando la sangre del pueblo, con la peculariedad de que el anfitrión no quiere librarse de ellos porque cree que los necesita. Es un vergonzoso ejemplo del síndrome de Estocolmo; la víctima que se enternece de su secuestrador. Ambos quieren manterner el status quo a toda costa, pero si seguimos en esta dirección iremos inevitablente a la catástrofe más absoluta. Me recuerda el chiste del político que anuncia: “España estaba al borde del precipicio, pero gracias a nosotros ha dado un gran paso adelante”.


No creo en esta democracia. El pueblo tiene lo que se merece, y todo se irá al garrete antes o después. La única solución para España es la conversión a Nuestro Señor Jesucristo. Si España se arrepiente de sus pecados, renuncia al liberalismo y demás pestes, y se vuelve a Dios, quizás pasará como a Nínive: el Señor se apiadará de ella y se salvará de la destrucción. Si España se empeña en desobedecer a Dios y se aferra a sus ídolos, Dios la iniquilará, como hizo con Sodoma y Gomorra. Quizás no hará falta que caiga fuego del cielo; seguramente bastará con los bárbaros que están a tiro de piedra de la frontera, aguardando su momento.

jueves, 23 de octubre de 2014

Católicos hispanos de EEUU abandonan la Iglesia en masa

Traducido por Christopher Fleming y publicado en Tradición Digital el 23 de mayo de 2014, con permiso de The Remnant.


Por Chris Jackson, columnista de The Remnant

Un artículo reciente en The New York Times recogió los resultados demoledores de una encuesta por Pew Research:
En general Pew encontró que un 55% de hispanos en los EEUU se identificaban como católicos en 2013, un descenso desde 67% en 2010. Alrededor de un 22% de hispanos se identificaban como protestantes, incluido un 16% que dicen que son evangélicos o “born-again”, y un 18% dicen que no tienen afiliación religiosa.
“Es sorprendente en parte por la magnitud del descenso en un periodo corto”, dice Cary Funk, un investigador de Pew. “Estamos viendo un aumento en el pluralismo religioso entre hispanos, y una mayor polarización en el espectro religioso.”
Al ser preguntados porqué abandonaron la fe de su infancia, las dos respuestas más frecuentes eran que simplemente se alejaron, o que dejaron de creer en lo que enseña la Iglesia.
Este es el caso a pesar de los esfuerzos constantes de la Iglesia Conciliar en los EEUU de atraer a los hispanos:
La Iglesia Católica ha trabajado durante años para incrementar su apostolado entre los hispanos. En un blog de esta semana, la Hermana Mary Ann Walsh, la portavoz de la Conferencia Episcopal de EEUU, notó que la Iglesia ahora requiere que sus seminaristas aprendan español, que ha habido un incremento en el número de diáconos hispanos, y que hay varios obispos hispanos al frente de grandes diócesis, incluido Los Ángeles, Sacramento y San Diego.
Sin embargo, reconoce que existe un reto.
"Todo el mundo, incluido los hispanos, especialmente los jóvenes, puede sucumbir a lo que se ha convertido en un problema americano, el relativismo religioso. Quizás inspirado por una música emocionante o un predicador apasionado, dejas la Iglesia de tus padres para irte a otra o a ninguna”, escribió. Añadió lo siguiente: “Da miedo pensar que el relativismo religioso pueda ser la mayor amenaza para la cada vez más importante comunidad católica hispana."
Hmmm… veamos si sumamos dos más dos, y resolvemos este enigma para nuestros amigos en la Conferencia Episcopal.

Primero, ¿qué sabemos? Sabemos que la Iglesia de EEUU ha estado trabajando “durante años para incrementar su apostolado entre los hispanos.” También que ha ofrecido innumerables Misas en español, diáconos hispanos a montones, y el Papa ha nombrado obispos hispanos para grandes diócesis.

También sabemos que, a pesar de estos esfuerzos, los católicos hispanos abandonan la Iglesia Conciliar en masa. ¿Por qué? La Hermana Mary Ann Walsh dice que es debido al relativismo religioso.

¿De veras? ¿Y cuál podría ser la causa de este relativismo religioso tan pernicioso? ¿Cómo narices se les podría meter en la cabeza a los hispanos católicos de EEUU la absurda idea de que una religión vale tanto como otra?

¿Tendrá algo que ver el mensaje por vídeo que envió el Papa Francisco a un tele-evangelista protestante, en el que le llamó hermano obispo? ¿Tendrá algo que ver la bendición de un ministro metodista al Cardenal O´Malley? ¿Tendrá algo que ver que el Cardenal DiNardo prestó “su” catedral a un ceremonia metodista de “consagración”?

¿Y tendrá algo que ver con esto el Concilio Vaticano II? Se oye mucho sobre el Concilio y se predica desde los púlpitos. ¿Qué dice sobre los miembros de denominaciones cristianas no católicas?
Pues hay muchos que honran la Sagrada Escritura como norma de fe y vida, muestran un sincero celo religioso, creen con amor en Dios Padre todopoderoso y en Cristo, Hijo de Dios Salvador; están sellados con el bautismo, por el que se unen a Cristo, y además aceptan y reciben otros sacramentos en sus propias Iglesias o comunidades eclesiásticas. Muchos de entre ellos poseen el episcopado, celebran la sagrada Eucaristía y fomentan la piedad hacia la Virgen, Madre de Dios. Añádase a esto la comunión de oraciones y otros beneficios espirituales, e incluso cierta verdadera unión en el Espíritu Santo, ya que El ejerce en ellos su virtud santificadora con los dones y gracias y a algunos de entre ellos los fortaleció hasta la efusión de la sangre. (Lumen Gentium 15)
Hmmm…. ¿Que más dice el Concilio Vaticano II sobre las denominaciones protestantes?
Es más: de entre el conjunto de elementos o bienes con que la Iglesia se edifica y vive, algunos, o mejor, muchísimos y muy importantes pueden encontrarse fuera del recinto visible de la Iglesia católica: la Palabra de Dios escrita, la vida de la gracia, la fe, la esperanza y la caridad, y algunos dones interiores del Espíritu Santo y elementos visibles…
Los hermanos separados practican no pocos actos de culto de la religión cristiana, los cuales, de varias formas, según la diversa condición de cada Iglesia o comunidad, pueden, sin duda alguna, producir la vida de la gracia, y hay que confesar que son aptos para dejar abierto el acceso a la comunión de la salvación.
Por consiguiente, aunque creamos que las Iglesias y comunidades separadas tienen sus defectos, no están desprovistas de sentido y de valor en el misterio de la salvación, porque el Espíritu de Cristo no ha rehusado servirse de ellas como medios de salvación, cuya virtud deriva de la misma plenitud de la gracia y de la verdad que se confió a la Iglesia. (Unitatis Redintegratio 3)
Interesante. Así que si partimos de la premisa de que da igual la religión a la que pertenezcamos, ¿cómo vamos a querer que los católicos hispanos se queden en la Iglesia Católica? Bueno, podemos darles Misas en español, diáconos hispanos a montones, y nombrar a obispos hispanos. Espera un segundo, eso ya lo estamos haciendo y no funciona.

Bueno, millones de católicos americanos abandonan la Iglesia para unirse al movimiento carismático protestante. Démosles cantos de alabanza “emocionantes” con “Misas carismáticas”. Añadamos a esto unos cuantos “predicadores apasionados”, si es lo que buscan.

Pero, espera. ¿No será que encontrarán mejores celebraciones carismáticas y predicadores más apasionados en el protestantismo?  ¿No son ambas cosas precisamente especialidades protestantes?
Estoy pensando en una solución creativa y sé que sonará como una locura. Si no recuerdo mal, los jesuitas convirtieron a toda la población de Hispanoamérica desde el año 1500. ¡Sí! ¿Y cómo lo hicieron? Bueno… tenían el Concilio de Trento y la Misa Tradicional. ¡Fascinante! ¿Quieres decir que los nativos renunciaron a sus prácticas y rituales paganos y abrazaron el catolicismo en masa debido a estos esfuerzos misioneros? Sí. ¿Y ni siquiera tenían Misa en su propio idioma? No.
¡Wow! Debe de ser que los nativos buscaban algo que ninguna otra religión les podía dar. Buscaban la Única y Verdadera Iglesia fundada por Dios para la Salvación de toda la humanidad. Querían participar en el acto redentor de Cristo de la manera más íntima posible, a través de Su Santa Misa. Para ello no fue necesario entender una sola palabra del misal. Una vez convertidos jamás hubieran contemplado trocar el tesoro de la gracia santificante por las payasadas de cualquier secta.

Un concepto interesante, ¡y menudos frutos! Sin embargo, sabemos que esto nunca funcionaría en nuestra época moderna. No podemos exigir a nuestros hermanos hispanos de 2014 que sean atraídos por la Verdad en nuestra doctrina y por la reverencia en nuestras Misas. No sería ecuménico anunciarles que no podrán salvar su alma en ninguna religión que no sea la católica. Sería además una falta de caridad.

Por suerte tenemos un último recurso. Da igual la nacionalidad que tengas, a todo el mundo le gusta la música mariachi. Cuando vas a un restaurante mexicano ¿a que te encanta el grupo de mariachis? Así que, queridos amigos en la Conferencia Episcopal, tengo la respuesta: ¡Misas de mariachis! Sólo tenemos que ofrecerles más música mariachi y es impensable que nuestros hermanos hispanos abandonen la Iglesia.

¡Ándale, ándale!


Los liberales no creen en la libertad

Publicado el 13 de mayo de 2014


El título de este artículo puede parecer contradictorio, pero si el amable lector tiene la paciencia de llegar hasta el final entenderá lo que quiero decir. Es cierto, parece ilógico que alguien que se confiesa liberal puede no creer en la libertad. Precisamente es ilógico porque una vez se abandona la verdadera fe, que da sentido a los misterios de la vida, inevitablemente se cae en errores que conducen a contradicciones absurdas. Por ejemplo, el ateo cree que de la nada se hizo todo. Mayor absurdo no puede existir; y sin embargo se lo creen. Los liberales son ilógicos, igual que todos los herejes y seguidores de falsas religiones. Muchos católicos no se han enterado que la única religión que realmente es completamente coherente es la católica; todas las demás se contradicen y caen en paradojas sin solución. Por esto, la lógica es algo que nunca debemos abandonar. Debemos utilizarla para la causa de Jesucristo, para traer almas hacía la Verdad. Los católicos que optan por dar la espalda a la evidencia, a la realidad palpable de las cosas, para así vivir más cómodamente, no son un ejemplo a seguir. No tengamos miedo a la lógica, a la ciencia, a la investigación de cualquier tipo, porque no hay ninguna verdad que se contrapone a la fe verdadera. Hay verdades duras, que duelen, que nos cuestan asimilar. Pero toda verdad nos conduce en última instancia a Dios.

La razón de escribir esto es la polémica que están suscitando algunos cardenales que abogan por dar la comunión a los católicos que se han divorciado y vuelto a casar. Con su proposición estos cardenales topan con enseñanzas infalibles de la Iglesia: la indisolubilidad del matrimonio sacramental, y la prohibición de comulgar en un estado manifiesto de pecado (el adulterio seguía siendo pecado la última vez que miré el catecismo). Saben perfectamente que lo que quieren contradice la doctrina católica, por lo que intentan complicar un asunto, que en el fondo es muy sencillo, con cortinas de humo y mucha palabrería que nadie entiende. Los liberales están encantados con esta polémica dentro de la Iglesia, porque odian la moral católica y saben que la confusión la debilita. Un liberal es por definición alguien que construye su propia moralidad, sin necesitad de una autoridad exterior que le diga lo que está bien y lo que está mal. Los liberales nunca han perdido el tiempo con los Diez Mandamientos, así que lo que decida la Iglesia sobre este asunto será para ellos una cuestión ajena a sus vidas.

Si a un liberal le apetece abandonar a su mujer y a sus hijos para irse con otra más joven, como dijo hace poco un personaje que goza de gran popularidad entre ellos, “¿quién soy yo para juzgar?”. Los liberales siempre han hecho lo que les hace sentirse bien. Todos sabemos que cuando tu señora envejece y ya no es la preciosa flor de veinte y pico años con la que te casaste, pueden venir tentaciones. Todos sabemos que la vida conyugal puede ser dura, y a veces dan ganas de tirar la toalla. Sin embargo, los que tenemos la fe católica distinguimos entre lo que nos pide el cuerpo y lo que está bien. Es una lección básica de moralidad: hay cosas que no se deben hacer, te apetezcan o no.

Francisco, el nuevo héroe de los liberales. “¿Quién soy yo para juzgar?”
El otro día se me ocurrió que la diferencia fundamental en este tema de la indisolubilidad del matrimonio entre católicos y liberales es que nosotros creemos en la libertad del hombre y ellos no. ¿Cómo puede ser esto? Me explico. Cuando un hombre y una mujer deciden casarse ante Dios y se prometen fidelidad hasta la muerte, si no hay impedimentos decimos que son libres de hacerlo. En un matrimonio válido es una decisión que han tomado los novios, sin ser coaccionados por nadie, sabiendo lo que significa “hasta la muerte” (¡tampoco hace falta ser catedrático de filología para saber esto!). La Iglesia dice que los novios son libres de jurarse fidelidad mutua en el estado de vida conyugal hasta que la muerte los separe.

Sin embargo, los liberales tienen una visión muy distinta de esto, porque ponen infinidad de pegas a la fidelidad. Para ellos no es posible la fidelidad incondicional. Dicen: ¿qué pasa si mi mujer me es infiel? ¿qué pasa si mi marido se va con otra? ¿qué pasa si ella tiene una enfermedad? ¿qué pasa si mi marido tiene un accidente y queda paralítico? Sólo Dios sabe lo que el futuro nos depara, por lo que cuando los católicos nos juramos fidelidad en el matrimonio es en las duras y en las maduras, pase lo que pase. Es fidelidad incondicional, lo que significa que tampoco condiciona la conducta de nuestro cónyuge. Es decir, la infidelidad del otro no nos da carta de libertad respecto a nuestras promesas matrimoniales. Si mi mujer es infiel no significa que yo puedo irme con otra, porque el vínculo sagrado del matrimonio persiste, nos guste o no. Si yo he jurado fidelidad hasta la muerte tengo que ser fiel, aunque mi esposa sea infiel y se largue con otra persona. Cada palo que aguante su vela, porque todos tendremos que dar cuenta ante Dios de cómo hemos vivido, y para los casados la forma en que hemos mantenido nuestros votos matrimoniales será clave en nuestro juicio particular.

Los liberales no son capaces de jurar fidelidad incondicional, de entregarse plenamente, porque en realidad no creen en la libertad del hombre. Creen que el hombre nunca es plenamente responsable de sus actos, y por tanto no admiten reglas inamovibles. Su moral es fluctuante, con una sola regla fija: hágase mi voluntad. Los liberales son tan cambiantes como el viento; según sople en una dirección, hacía ahí van. Si el matrimonio les resulta agradable son fieles, si es desagradable se buscan otra cosa. Como justificación del adulterio todos hemos oído frases por el estilo: “¿qué culpa tiene un hombre si se enamora?”. La premisa subyacente es que el amor es como un virus que se contagia por el aire, sin intervención alguna de la voluntad. Si se concibe el amor de esta manera está claro que a nadie se le puede pedir responsabilidad personal ante un acto de infidelidad, porque el “amor” sería una fuerza irresistible. Así es en todos los aspectos de la vida. Los liberales tienen el empeño constante de quitar culpabilidad a los actos inmorales. Ahora, gracias a décadas de propaganda liberal en los medios de comunicación, y tras convertir casi todos los países occidentales en bastiones del liberalismo, es difícil cometer un acto realmente condenable.

Pongo algunos ejemplos de cómo hoy en día parece que nadie tiene culpa de nada.
  • Si un hombre mata a alguien por celos o para vengarse dicen que estaba en un estado de “enajenación temporal”, que le impidió razonar correctamente.
  • Si un borracho atropella a alguien con el coche dicen que el alcohol nubló su juicio y que no es responsable por lo que hizo (¡precisamente por eso la Iglesia enseña que es pecado emborracharse!).
  • Si una mujer mata a su marido sugieren que es porque la trataba mal y se lo merecía.
  • Si un joven de un barrio pobre se mete en una banda de delincuentes dicen que no tenía oportunidades, que la vida ha sido muy injusta con él.
  • Si una persona es un ladrón empedernido dicen que padece “cleptomanía”.
  • Si te atraca un drogadicto dicen que es un enfermo que no controla lo que hace.
Poco a poco la conciencia de ser responsables de nuestros actos se va minando. La idea de pecado ha desaparecido casi por completo de nuestra cultura, porque si no somos responsables de lo que hacemos y nadie sabe a ciencia cierta lo que está bien y lo que está mal, hablar de pecado ya no tiene sentido. Acabaremos convirtiendo los tribunales en centros de atención psicológica para maleantes, las cárceles se vaciarán (con la posible excepción de los pocos que se atrevan a meterse con los sodomitas y el “Pueblo Elegido”) y la Ley y las fuerzas del orden se limitarán a proteger los privilegios de la casta reinante, olvidándose por completo del pueblo y del bien común.
Nuestra sociedad busca infantilizar a las personas para que nunca tomemos responsabilidad por nuestra vida. Muestra de ello es como ahora los mayores clientes de videojuegos son los hombres entre 25 y 40 años. ¡Un señor de 40 años jugando a los videojuegos! ¿A dónde hemos llegado? Antaño un hombre de 20 años, si no sentía la llamada al sacerdocio, buscaba una buena chica con la que casarse y formar una familia. Ahora hasta los 35 eres “joven”, y los “jóvenes” por lo general están demasiado entretenidos con la fornicación y las fiestas para pensar en temas de otra índole.

Los videojuegos vuelven imbéciles a los niños e infantilizan a los adultos.

Al llegar a viejos, si estos liberales se sienten solos, porque han malgastado su vida en “relaciones esporádicas”, como ahora se llaman, o se han divorciado (quizás varias veces) y los hijos no les visitan, seguro que echarán la culpa a otros. Dirán; “yo he sido un buen hombre; no he robado, no he matado a nadie.” Quizás dirán que es culpa del destino, o incluso de Dios, a quien han ignorado durante toda su existencia. La única explicación que nunca aceptará un liberal es que la vida es la suma de nuestras decisiones. Nunca aceptará que ha sido realmente libre para elegir un camino u otro, y que su infelicidad se debe a lo que él ha elegido libremente.

Así que la próxima vez que un liberal te justifique la infidelidad en el matrimonio, dile que él piensa de esa manera porque no cree en la libertad del hombre. ¡Menuda cara se le quedará!

Dos visiones sobre la homosexualidad

Publicado el 6 de mayo de 2014


Hay dos formas de ver la vida; dos formas de ver la religión; dos formas de ver casi todo. Por un lado, puedes buscar con ahínco lo bueno, lo verdadero y lo bello, y cuando lo alcanzas no permitir que nada te separe jamás de ello. Esta es la opción de los santos y los mártires. Por otro lado, puedes optar simplemente por lo que te conviene, por lo más fácil en cada momento. Esta es la opción del mundo, de los que van por el “camino ancho”, que todos sabemos a donde conduce. Ya dijo algo parecido hace tiempo Blaise Pascal, pero mejor expresado:
Hay personas que buscan la verdad, sea conveniente o no; y hay personas que buscan lo que les conviene, sea verdadero o no.

Evidentemente, las personas de la primera categoría (entre las que yo quisiera estar) son sumamente intolerantes. Difícilmente encontraremos a un santo (de los de verdad, no los santos de tres al cuarto de la era postconciliar) que se pliegue ante el mal o que adopte una posición equidistante entre la verdad y el error. De hecho, siempre me ha parecido que una marca inconfundible de santidad era la intolerancia con el mal y el error. De la misma manera, es una característica de nuestro tiempo apóstata la tolerancia frente a los males y los errores que nos fustigan. Por esta razón dijo Chesterton que la tolerancia era la virtud del hombre que no creía en nada. Nuestro Dios, tres veces santo, castigó la idolatría de su Pueblo Elegido con errar 40 años en el desierto, luego con derrotas militares y destierros, y finalmente, por su incredulidad ante Su Venida, con la destrucción de su capital, Jerusalén. Nuestro Dios es un Dios intolerante, desde luego.

Tras esta reflexión general, quisiera examinar la tolerancia hacía un mal concreto: la homosexualidad. No me alargaré demasiado explicando la tolerancia que muestra el mundo hacia este mal, porque todos sabemos como está el patio. Nuestra sociedad se parece a la Sodoma de los tiempos de Abrahán. En toda aquella ciudad no se pudo encontrar ni siquiera a 10 hombres buenos, que no se habían contaminado con las perversiones de las masas. No quisiera saber a cuántos hombres el Señor salvaría de la quema en mi ciudad, si cayera su ira hoy sobre nosotros, y tiemblo al pensarlo.
Lo que realmente quiero recalcar es la tolerancia hacía la homosexualidad que existe hoy dentro de la Iglesia Católica. Esta tolerancia actual por parte de la jerarquía católica del pecado nefando de la sodomía, antaño considerado uno de los cuatro pecados que clamaban venganza al Cielo, es especialmente llamativa cuando se compara con la actitud tradicional de absoluta intransigencia. Se podría decir que el objetivo del Concilio Vaticano II de “abrirse al mundo”, en lo que se refiere a la homosexualidad, se ha logrado con creces.

Pongo dos ejemplos de cómo los santos veían la sodomía antes de la revolución conciliar:
Sin falta trae muerte al cuerpo y destrucción al alma. Contamina la carne, apaga la luz de la mente, expulsa al Espíritu Santo del templo del corazón humano y da entrada al Demonio, el que estimula la lujuria. Lleva al error, destierra completamente la verdad de la mente engañada… Abre el Infierno y cierra las puertas del Paraíso… Es el vicio que viola la templanza, mata la modestia, estrangula la castidad, y asesina la virginidad. Lo profana todo, ensucia y contamina todas las cosas. – San Pedro Damián.
Cometen el maldito pecado que es contra la naturaleza. Como ciegos y tontos, ofuscada la luz de su entendimiento, no reconocen la pestilencia y miseria en que se encuentran, pues no sólo me es pestilente a mí, sino que ese pecado desagrada a los mismos demonios, a los que esos desgraciados han hecho sus señores. Tan abominable me es ese pecado contra la naturaleza, que sólo por él se hundieron cinco ciudades como resultado de mi juicio, al no querer mi divina justicia sufrirlas más; qué tanto me desagradó ese abominable pecado. – Dios Nuestro Padre Celestial, según el Diálogo de Santa Catalina de Siena.

San Pedro Damián, autor del “Libro de Gomorra”, una denuncia férrea del pecado de la sodomía entre el clero.
Comparemos esto con la postura del actual Pastor Supremo de la Iglesia:
Un gay que busca a Dios, de buena voluntad… ¿quién soy yo para juzgarlo? El Catecismo de la Iglesia Católica explica esto muy bien. Dice que no debemos marginar a estas personas, deben ser integradas a la sociedad. – El Papa Francisco, julio 28, 2013.
Además de comparar sus palabras sobre la homosexualidad con las de los santos y los Papas pre-conciliares, podemos comparar sus obras. ¿Qué medidas se tomaban antes para castigar y erradicar el vicio antinatural en la sociedad, y sobre todo, dentro de la Iglesia? San Basilio Magno, Padre de la Iglesia y uno de los fundadores del monacato oriental, estableció una serie de castigos para el monje que hubiera cometido tocamientos o abusos sexuales a otros monjes o niños. Según las normas el culpable debía ser castigado con latigazos en público, se le rapaba la tonsura, y era encarcelado, atado de pies y manos, durante seis meses. Después de este periodo debía vivir en una celda separada y ser sometido a durísimas penitencias para expiar sus pecados, y nunca se le dejaría sin la vigilancia de otros dos monjes, para asegurarse de que no recayera. Tal era la seriedad con la que se trataban los pecados homosexuales.

Comparemos eso con el procedimiento actual. Por ejemplo, ¿qué le ocurrió al Cardenal Keith O’Brien, la cabeza de la Iglesia de Escocia, que dimitió el año pasado de sus cargos ante alegaciones fundadas de que había mantenido una relación homosexual con otro sacerdote durante varias décadas, y que había acosado sexualmente a otros tres sacerdotes? El terrible castigo impuesto fue la jubilación anticipada y a vivir tranquilamente de su pensión. El Vaticano ni siquiera le prohibió participar en el cónclave de ese año del que salió elegido Francisco; sólo gracias a una campaña de los medios de comunicación seculares al final el cardenal O’Brien decidió no viajar a Roma.
Pensemos en la pena que dictaba el Papa San Pío V para un prelado culpable del pecado contra natura y del abuso sexual:
Se establece que cualquier sacerdote o miembro del clero, tanto secular como regular, que cometa un crimen tan execrable, por la fuerza de la presente ley sea privado de todo privilegio clerical, de todo puesto, dignidad y beneficio eclesiástico, y habiendo sido degradado por un juez eclesiástico, que sea entregado inmediatamente a la autoridad secular para que sea muerto, según lo dispuesto por la ley como el castigo adecuado para los laicos que están hundidos en ese abismo. – Horrendum illud scelus.

Cardenal Keith O’ Brien
Eso se puede comparar con lo que hizo “San” Juan Pablo II con Monseñor Bernard Law, el hombre que llevó la archidiócesis de Boston a la bancarrota, tras pagos en concepto de indemnización por abusos. El Arzobispo Law dio asilo a sacerdotes acusados de abusos sexuales a menores a sabiendas de que eran pederastas, y rehusó denunciar estos abusos a la policía, lo cual constituye un delito de encubrimiento, castigado con penas de cárcel. Gracias a esta política de dar cobijo a sacerdotes que eran depredadores sexuales, los abusos se prolongaron durante las dos décadas que Monseñor Law estuvo al mando, y miles de menores sufrieron a manos de estos monstruos. ¿Cuál fue el castigo ejemplarizante que impuso “San” Juan Pablo II a este prelado que traicionó a las almas a su cargo, manchó el episcopado con crímenes execrables y escandalizó a millones de católicos norteamericanos? Fue llamado a Roma (donde estaría a salvo de la justicia estadounidense), elevado al Colegio Cardenalicio y nombrado rector de la Basílica de Santa Maria Maggiore. ¡Ojalá Juan Pablo II hubiera tratado a Monseñor Lefebvre con tan sólo una ínfima parte de la delicadeza con la que trató a reconocidos delincuentes, como eran Monseñor Bernard Law y el P. Marcial Maciel!

Es interesante notar la respuesta que no debe tener un prelado hacía el vicio contra natura, según las revelaciones a Santa Catalina de Siena que ya he citado:
Así, si algún prelado o señor, al ver que alguien estaba putrefacto por la corrupción del pecado mortal, si le aplicara tan sólo el ungüento de suaves palabras de ánimo, sin reproche alguno, nunca le curaría, sino más bien la putrefacción se extendería a otros miembros, quienes con él forman un cuerpo bajo el mismo pastor. – Dios Nuestro Padre Celestial, según el Diálogo de Santa Catalina de Siena.
Esa respuesta tibia e indulgente es exactamente la que tuvo el Cardenal Timothy Dolan, Arzobispo de Nueva York y Presidente de la Conferencia Episcopal de EEUU, en el programa televisivo de NBC, “Meet the Press”, al ser preguntado por la estrella de fútbol americano, Michael Sam, quien se había declarado homosexual. Para quedar bien con el público, para no parecer un “carca”, un antipático inquisidor de la moral, dijo lo siguiente:
Bien por él. No tengo ningún sentimiento de juicio hacía él. La Biblia nos enseña sobre las virtudes de la castidad y la fidelidad y el matrimonio, pero también nos dice que no juzguemos a la gente. Así que yo le diría “¡bravo!”
¡Cuánta cobardía encierra esta declaración! En lugar de aprovechar la oportunidad de reafirmar la moral católica, para el bien de todas las personas viendo ese programa, el Cardenal da a entender que ahora la Iglesia aprueba lo que antes condenaba en los términos más duros. De esta manera este prelado se hace cómplice del pecado del pobre hombre que ha “salido del armario” para jactarse de su desviación sexual y además, por omisión de su sagrado deber de advertir de los peligros para el alma, induce a los débiles e ignorantes a caer en el mismo pecado. ¿Habrá recibido algún admonición de Roma por este incidente? Mucho me temo que le hayan felicitado.

El Cardenal Timothy Dolan, en el centro, haciendo el payaso con Obama y Romney, es un prelado que busca la aprobación del mundo a cualquier precio.
San Pedro Damián habló de los malos obispos como Timothy Dolan, que toleran el pecado de la sodomía, diciendo:
Deberían temblar, porque se han convertido en socios en el pecado de otros, al permitir que la plaga destructiva de la sodomía continúe entre sus filas.
¿Tiembla el Cardenal Dolan? Lo dudo sinceramente. Tampoco creo que tiemble el Papa Francisco ante la enorme popularidad que se ha granjeado entre los liberales (¡Ay! cuando todo el mundo habla bien de vosotros), gracias a sus guiños a los pro-sodomitas, tipo “¿quién soy yo para juzgar?” En el fondo los pastores que abandonan a sus rebaños para irse se fiesta con los lobos son malos precisamente porque no tiemblan. 

Me impactó leer que lo primero que dijo Giuseppe Sarto (mejor conocido por el nombre San Pío X) a su Colegio Cardenalicio, tras elegirle sucesor de San Pedro, fue advertirles que habían puesto en serio peligro la salvación de su alma por la enorme responsabilidad que le habían encomendado. Tres años más tarde, en la encíclica Pieni l’animo de 1906, escribió:
Con nuestra alma llena de temor por la cuenta implacable que deberemos rendirle un día al Príncipe de Pastores, Jesucristo, respecto al rebaño que nos ha sido confiado, pasamos nuestros días en continua ansiedad por preservar a los fieles, en la medida de lo posible, de los peores males que ahora afligen la sociedad humana.

San Pío X fue un buen pastor de almas porque temblaba ante Dios
No dudo que pronto cualquier sacerdote u obispo que reitere las condenas bíblicas al pecado de la sodomía se enfrentará a penas de cárcel. Sin embargo, hay que decir dos cosas. Primero, si hemos llegado a este extremo de persecución por parte del lobby gay, es en gran medida gracias a la tibieza con la que los obispos católicos han hecho frente al totalitarismo rosa. Segundo, la elección será muy sencilla:  o claudican ante la censura gay, llaman bien al mal, y traicionan el Evangelio; o van a la cárcel por decir la verdad para el bien de las almas y por ser testigos de Nuestro Señor Jesucristo. Si esta es la elección, yo me hago la pregunta: ¿dónde está la duda?

El Juicio de Dios no tardará; llegará como un ladrón en la noche. Los obispos deberían temblar YA.

Santos de tres al cuarto

Publicado el 29 de abril de 2014


Antaño, los santos eran ejemplos impecables de vida cristiana que tan solo los herejes osarían criticar. Sus vidas y milagros predicaban el Evangelio con toda la fuerza del Espíritu Santo, del que estaban totalmente imbuidos. Al encomendarse a la intercesión de los santos el pueblo fiel tenía la absoluta certeza de que Dios oiría sus plegarias y que además las oiría con benevolencia, puesto que nada le agrada más a Nuestro Señor que compartir su gloria con sus hijos queridos que le han demostrado en su vida terrenal un amor inquebrantable e incondicional.

Lamentablemente hoy en día, en la época ruinosa post-conciliar, no es así. Ya no nos podemos fiar ni de los hombres y mujeres que han sido elevado a los altares, dado que son los mismos malos pastores que confunden a los fieles con medias verdades los que proclaman a los nuevos santos. Los hombres mediocres prefieren mirarse en el espejo de otros mediocres, porque no soportan el ejemplo de los verdaderos santos de nuestro tiempo, los que resistieron los cambios que adulteraron la liturgia y la doctrina y mantuvieron viva la llama de la Tradición. La vida de estos santos, que serán canonizados cuando el Concilio Vaticano II se consigne al baúl del olvido, denuncia la “nueva orientación” de la Iglesia, cuyos frutos podridos son la deserción masiva de los bautizados, la protestantización de los pocos fieles que aún frecuentan los sacramentos, y la secularización de los países anteriormente católicos.

Creo que es interesante saber lo que comentan los medios de comunicación respecto a la canonización de los dos Papas, Juan XXIII y Juan Pablo II que tuvo lugar el domingo 27 abril de 2014, una de las fechas más tristes en la historia reciente de la Iglesia Católica.


Empiezo por los medios más afines a Tradición Digital. Entre tradicionalistas existen diversas opiniones sobre la infalibilidad de las canonizaciones de la neo-Iglesia, y es un debate que sin duda seguirá durante mucho tiempo. Entre los teólogos tradicionalistas que rechazan la infalibilidad de las canonizaciones, en una línea dura, está Atila Sinke Gumarães, editor de Tradition in Action, quien explica en este artículo que los santos ahora no son más que el reflejo del gusto personal del Papa, con una total ausencia de objetividad y seriedad en todo el proceso. En tiempos remotos es cierto que la Iglesia elevaba a los altares a las personas que morían con fama de santidad y eran aclamadas como santos por el pueblo fiel. Sin embargo, ahora que la mayoría de católicos han perdido la verdadera fe, se han contagiado del pensamiento mundano, y viven ajenos a las exigencias morales de la Religión, la aclamación de Wojtyla como “santo súbito” por el pueblo no se puede alegar a favor de su santidad. Así dice Gumarães:
La gran multitud de católicos que aman el mundo moderno, sienten agradecimiento hacía la Iglesia conciliar por “canonizar” a estos dos Papas que pusieron fin a la “vieja” militancia católica y la reemplazaron con un rostro “más humano”. Esta nueva Iglesia tolera su falta de moralidad y sus creencias relativistas. Así que se van a Roma para expresar su aprobación hacía estos dos Papas por la transformación de la Iglesia en una institución “alegre”, en sintonía con la Jornadas Mundiales de la Juventud.
Cuando el mismo Juan Pablo II abolió en 1983 los cánones que desde el siglo XVII gobernaban las canonizaciones, abrió la puerta a todo tipo de errores, por lo que, en la opinión de Gumarães, las canonizaciones de Juan XXIII y Juan Pablo II son inválidas.

Recuerdo que Robert Sungenis, un teólogo brillante, escribió hace tiempo en su página Catholic Apologetics International “cuando canonicen a Juan Pablo II sabré que las canonizaciones no son infalibles”. Por coherencia ahora debería afirmar algo similar al Sr. Gumarães.

En la línea blanda de los tradicionalistas está el conocido blog Rorate Caeli, que el día antes de las desafortunadas canonizaciones publicó el siguiente artículo en que sugiere que un par de adiciones de Benedicto XVI al rito de canonización comprometen la infalibilidad del Papa. No soy teólogo, pero el sentido común me dice que por mucho que Francisco invoque al Espíritu Santo en una Misa de canonización, no convertirá a un hombre como Karol Wojtyla en un santo. Si creyera que eso fuera posible tendría que dejar de creer en todo lo que la Iglesia ha enseñado durante casi dos mil años.
Luego está The Remnant, que publicó este artículo diciendo más o menos que las neo-canonizaciones sí son infalibles, pero realmente no significan gran cosa. Sólo requieren creer que las personas en cuestión se encuentran en el Cielo; no que supongan un ejemplo a seguir, ni que hayan vivido las virtudes de manera heroica. Es una postura a mi juicio algo deshonesta, porque falsea la noción católica de santidad y la equipara a la noción protestante, según la cual todas las personas que confiesan que Jesús es el Hijo de Dios y creen la Buena Nueva son tan santos como el Seráfico San Francisco de Asís. Pero esta “democratización” de la santidad supone la negación absoluta de las virtudes cristianas; es la Resurrección sin la Cruz, la gloria sin pena, la salvación exprés.


No comentaré las estupideces que dicen los medios oficialistas católicos, primero, porque ya tengo la tensión arterial lo bastante alta y segundo, porque no dicen nada remotamente interesante.

Los medios seculares de masa se pueden dividir en dos bloques: los conservadores y los anticlericales. Los primeros (en España tipificado por los pamfletos al servicio del Partido Popular, el ABC y La Razón) van a la par con los medios católicos oficialistas, que celebran a sus dos nuevos santos. Los que se deben a sus lectores rojillos optan por ignorar las canonizaciones o las aprovechan para arremeter contra la Iglesia. A menudo, en estos tiempos de locura colectiva, son estos medios anticlericales los que aportan una pizca de sensatez al debate. ¡De vez en cuando hasta el Demonio dice la verdad si le conviene!

Me ha parecido especialmente pertinente una editorial de Maureen Dowd titulada “A Saint He Ain´t” (literalmente “No Es Santo”) en el periódico virulentamente anticlerical, The New York Times, en que se preguntaba por qué la Iglesia ha tenido tanta prisa por canonizar a Juan Pablo II. Esta prisa la interpreta como un desprecio hacía las víctimas de abusos sexuales a manos de curas pederastas, víctimas que “san” Juan Pablo II no sólo no socorrió, sino que obstaculizó cualquier investigación de sus denuncias. La editorial califica a Juan Pablo II de showman y de “avestruz viajero”, un Papa que prefirió ir por el mundo de fiesta en fiesta, antes que poner su casa en orden.

Juan Pablo II con su amigo, el criminal P. Maciel
Muy astuto también ha sido el comentario del conocido periodista liberal, Federico Jimenez Losantos, un declarado ateo, que sin embargo tiene mayor perspicacia en temas de fe que la mayoría de neo-católicos. Dijo el día después del espectáculo:
Menuda fiesta montaron, pero por poco estos dos acabaron con la Iglesia con el Concilio Vaticano II ¿Qué es el Concilio? Yo todavía no sé lo que significa.
Lo que es evidente es que el proceso de canonizaciones se ha convertido en lo que podríamos denominar coloquialmente un cachondeo. La Iglesia, que antaño siempre prefería excederse en cautela a precipitarse donde hubiera la más mínima polémica, tardó más de 400 años en canonizar a Juana de Arco, la Doncella de Francia, condenada y quemada por herejía, pero cuya santidad ahora nadie puede poner en duda. Ya no existe la figura del Abogado del Diablo, que servía para sacar a la luz cualquier trapo sucio, cualquier desliz doctrinal, cualquier defecto del candidato. Con este simpático personaje es difícil de imaginar como hubieran podido llegar a los altares los dos Papas en cuestión, porque no hace falta escarbar mucho para encontrar en sus vidas “gestos ambiguos”, como dijo eufemísticamente el P. Iraburu, el gurú de los católicos neo-conservadores en España. Podría mencionar tan sólo unos cuantos “gestos ambiguos”, que descalifican irremediablemente a Wojtyla como santo oficial: el beso al Corán, la oración en Tierra Santa, pidiendo la bendición de San Juan Bautista para la falsa religión del Islam, la participación en rituales de brujería en la selva de Papua Nueva Guinea, etc.

El famoso beso de “San” Juan Pablo II al Corán

Es bastante conocido el dato que Juan Pablo II canonizó a tantas personas durante sus 26 años de pontificado que todos sus predecesores juntos. Evidentemente, esto hubiera sido imposible sin la aligeración del proceso, sin dejar la primera fase crucial, en que se declaran las “virtudes heroicas” del candidato, a los obispos locales. Ni siquiera las nuevas normas relajadas son lo suficientemente laxas para los jerarcas actuales, quienes alegremente se las saltan sin justificación alguna. A Juan XXIII aún le están buscando el segundo milagro, pero han decidido que eso da igual, y para Juan Pablo II no quisieron esperar ni cinco años después de su beatificación. Tristemente la Iglesia se ha convertido en lo que muchos han venido llamando una “fábrica de santos”, con el consiguiente desprestigio del concepto de santidad. Esto lo ha explicado muy bien el P. Alfonso Gálvez, quien habla del efecto inflacionario de los santos; cuántos más haya, menos significa cada uno. Dice sarcásticamente el P. Gálvez que si hasta el vecino del cuarto es proclamado santo, poca importancia daremos a los santos, porque lo que es común y ordinario no inspira devoción. Los santos tienen que ser hombres y mujeres excepcionales, totalmente fuera de lo común, que sean capaces de inspirar a generaciones enteras de fieles.

No comparte esta visión de los santos el Portavoz del Vaticano, el P. Lombardi, quien la semana antes de las canonizaciones intentó justificar el disparate de elevar a los altares a un hombre de ortodoxia tan dudosa como Juan Pablo II, cuyo pontificado estuvo repleto de escándalos, diciendo:
Decir que una persona es santa no quiere decir que ha hecho todo bien en su vida. Juan Pablo II fue santo, no perfecto. ¿Si hubo aspectos negativos en Juan Pablo II? ¡Claro, en 26 años hubo de todo!
Digo yo que en los pontificados de San Gregorio Magno o San Pío X, por escoger tan sólo dos ejemplos de Papas que realmente pueden considerarse modelos de virtud a imitar por todos los católicos, no hubo “de todo”, si “todo” se refiere a oraciones sacrílegas con herejes y paganos, mujeres en topless leyendo la epístola delante del Papa, o niñas repartiendo la Eucaristía en vasos de plástico durante sus Misas. En aquellos pontificados, desde luego, no hubo “de todo”.

Monjes budistas, convocados por Juan Pablo II, rezando a su ídolo colocado sobre el altar de San Pedro en Asís.
Pero también se ha encargado la máquina de propaganda vaticanista de contrarrestar estas críticas, argumentando que no se ha canonizado a Juan Pablo II por su pontificado, sino por su devoción personal. ¡Curioso! Con esta regla de tres se podría canonizar a cualquier político liberal corrupto, de los que gobiernan hoy en día en España, si tratara bien a su mujer y sus hijos, comulgara a diario y rezara el Rosario. Militar en un partido liberal y abortista que contribuye a la apostasía de su nación y promover el genocidio de los no nacidos no sería relevante para su santidad “personal”. Esta esquizofrenia espiritual, según la cual la vida pública es completamente ajena a la vida personal, no se percibe en ninguno de los santos de verdad; en su vida hay una hermosa armonía entre lo privado y lo público, entre su fe y sus vidas, entre sus palabras y sus actos. Es el colmo del absurdo pretender que un Papa como Juan Pablo II que contempló y lamentó la “apostasía silenciosa” (sus propias palabras) en Occidente y no hizo prácticamente nada para frenarla, se pueda considerar un modelo a seguir. Me da lo mismo que rezara 50 Rosarios diarios; obras son amores, no buenas razones.